Humanismo, apertura y servicio: Fundamentos educativos del imaginario UDEM


Por: José Honorio Cárdenas Vidaurri

Doctor en Estudios Humanísticos. Maestro en Humanidades y en Educación Superior.




El 50 aniversario de la Universidad de Monterrey (UDEM) es motivo para una profunda reflexión. En la tradición judía, cada medio siglo se celebraba el año jubilar para fortalecer los lazos comunitarios e identidad en un ambiente festivo. ¿Sobre qué aspectos se debe reflexionar en el marco de su primer jubileo? ¿Qué lazos ha de fortalecer como Comunidad Educativa? Su crecimiento en los últimos años es muy destacado, pero sería un error centrar su celebración en aquello que todos observan. Más bien, este marco es una oportunidad de profundizar en los tres principios fundacionales que sostienen el proyecto educativo, ya que identidad y pertenencia comunitaria se fortalecen cuando las instituciones se aferran a la mística de su filosofía, porque solo ahí se encuentra su razón de ser.


Los principios no son valores, sino su fundamento. Un valor es manifestación del bien en orden a un propósito específico; pero el principio es aquella categoría determinante del bien, porque es causa final de los valores. Se le llama principio no porque le anteceda en el tiempo, sino porque no requiere demostración; pero en el tiempo, el principio es lo que se espera lograr con el ejercicio de aquellos valores a los que apoya. Cada uno fundamenta una serie de valores que, a su vez, pueden realizarse en conductas, decisiones, hábitos y acciones concretas.


En última instancia, cuando los principios fundamentan valores y estos se manifiestan en la conducta, la vida humana se enfrenta a sentir lo bueno, bello y verdadero. En síntesis, aquella intuición intelectiva de los principios y vivencia concreta de los consecuentes valores, representan para cada ser humano la expresión trascendental de su experiencia ética que posibilita materializar un proyecto de formación humana en todo su esplendor.


EL HUMANISMO


Se refiere a una serie de cualidades que están juntas en la experiencia de vida personal; es decir, de una vida de orden espiritual. El ser humano es libertad, porque continuamente toma decisiones de orden moral y, en medida de su madurez, cada día de manera más refinada. Hablar de humanismo en cuanto principio es hablar de dignidad y reciprocidad, puesto que ningún ser humano puede comprenderse esencialmente a sí mismo si no entiende la experiencia de vida del otro. Porque el ser del otro no es diferente al ser propio; sí en cuanto existencia, mas no en cuanto esencia. El humanismo crea lazos de igualdad y fraternidad, pero en cuanto a diferencias se refiere, solo hay particularidades existenciales injertadas en la vida misma, sin alterar la eminente dignidad que consiste en la esencia humana. Si no existiera el humanismo como principio la vida personal no sería posible, porque estaríamos condenados al determinismo, a lo mecánicamente útil, a lo cíclicamente predecible, al sinsentido del devenir, a durar en el tiempo en vez de vivir un proyecto.


Por ello, hablar de humanismo como principio es referir la espontaneidad de vivir, el gusto por aprender, el goce de un nuevo logro, el recuerdo de un ser querido, el deseo de justicia, la apreciación de la belleza, el anhelo de felicidad y, ergo, la esperanza de “trascender”.

LA APERTURA


Se refiere a una disposición de compartir la experiencia de vida personal; es decir, comunicación y encuentro. Desde el inicio de la vida, cada ser humano necesita de ese “otro” que alimenta y habla, que cuida y protege, que acaricia y ama. Mas la vida consciente busca además a esos muchos “otros” que enseñan y corrigen, que animan y detienen, que ayudan y retan, que entregan y exigen. Hablar de apertura en cuanto principio es establecer una perspectiva de alteridad, pues ello implica reconocer la existencia del otro, estar dispuesto al diálogo, al intercambio de ideas, expresión de expectativas, negociación en todas sus formas y, en última instancia, mejorar mutuamente. Porque solo de esta manera se construye una vida social que permite continuidad histórica y, con ello, se posibilita el desarrollo científico, artístico, filosófico, político, económico y ético.


Si no existiera apertura como principio, la vida humana estaría condenada a extinguirse, pues no sería posible conformar el conjunto de bienes sociales que constituyen el orden y el progreso. Incluso, si no existiera interés por la vida de los individuos, sólo habría un egoísmo tan enojado que su expectativa de vida duraría tan solo el tiempo que tarda en imperar la ley del más fuerte. Por ello, hablar de apertura se refiere al descubrimiento de diferencias y al reconocimiento de auténtica originalidad; también es gratitud por recibir y generosidad por dar; es sentirse complemento y complementado por el otro; y, de modo máximo, descubrir una ineludible responsabilidad de entregar a próximas generaciones el fruto de la interacción humana, La Cultura.


EL SERVICIO


Es una disposición genuina de todas las cualidades personales para mejorar las condiciones de vida en comunidad o de cualquiera de sus miembros. Tal acción resulta de entender el bien común como el primero de los bienes individuales, pues nadie puede construir un proyecto de vida digna y buena a costa de los demás. De inicio, hay que vencer la inercia del confort; pero más pronto que tarde se descubre que aún en el cansancio se sobrepone la satisfacción de saberse útil para los demás.


Hablar de servicio en cuanto principio es tener consciencia de las propias capacidades y convicción de compartirlas; es referir esfuerzo individual y trabajo colectivo para construir mejores condiciones materiales de convivencia, pues no hay otro lugar donde se presenta la vida humana. Y cuando el servicio se torna un hábito social, deja de ser voluntariado individual para integrarse a profesiones, oficios, gobiernos, leyes e Instituciones que aseguren condiciones sostenibles y de vida digna en el largo plazo.


Si no existiera el servicio como principio se cuestionaría seriamente la finalidad de la existencia humana, pues no habría motivaciones para el trabajo constante, para esperar maduración de los proyectos, para cultivar pacientemente virtudes y, en última instancia, para vivir feliz. Sin esta posibilidad sería fácil dar paso al conformismo y la vida humana transcurriría entre el desánimo de una rutina. Por ello, hablar del servicio como principio es insistir por el derecho a construir una vida con sentido, por habituarse en elegir el bien y por realizar conscientemente la propia vocación, entendida ésta como la forma más original, más auténtica y más personal de aspirar a la trascendencia.


Por ello, al hablar de humanismo como principio es referir la espontaneidad de vivir, el gusto por aprender, el goce de un nuevo logro, el recuerdo de un ser querido, el deseo de justicia, la apreciación de la belleza, el anhelo de felicidad y, ergo, la esperanza de “trascender”.


UNIDAD DE PRINCIPIOS


Los principios de humanismo, apertura y servicio comparten esencialmente el mismo nivel de amplitud y profundidad. Entre ellos, no hay una jerarquía como en el caso de los valores; pero sí hay una correlación horizontal que entrecruza sus bondades y desvelan otras disposiciones operativas, más concretas y finas, que resultan igualmente posibles y deleitables en términos axiológicos.


Cuando el humanismo reconoce la dignidad de la persona y se entrecruza con la disposición relacional de la apertura, entonces aparece el diálogo como el medio eficaz del intercambio experiencial. No se trata del mero acto comunicativo sino de la extensión cordial y gratificante de la persona mediante la forma más alta de racionalidad, como lo es el lenguaje; es decir, mediante la manifestación total del ser. Porque el lenguaje es presencia y es acción; es oralidad efímera y escritura perdurable; y porque también es el enigmático silencio de la mímica, del abrazo, del gesto y del entusiasmo que refleja la mirada, aún en cuerpo inmóvil. Porque el lenguaje integra la totalidad de la persona y en él se vislumbra la racionalidad infinita de la originalidad humana.


Cuando la apertura coloca a cada ser humano frente a los demás y se cruza con la posibilidad de complementariedad del servicio, entonces aparece la amistad como el vínculo afectivo de un compromiso común. En este sentido, amistad se entiende como antesala del amor porque opera bajo las mismas premisas de apertura y donación servicial.

Y aún más, este compromiso genuino, libre y recíproco permite descubrir existencialmente que la complementariedad del amigo prepara de manera más eficaz a sobrepasar con mayor entereza las contrariedades propias del vivir.


Y cuando el servicio pone a disposición la persona entera y se entrecruza con la dignidad de personal del humanismo, entonces aparece el encuentro como el momento intencional de involucramiento social. Este encuentro no es dialógico ni distante; al contrario, es presencia física e interpersonal que asume como propia una necesidad que lastima a una parte de la comunidad y, al menos por empatía, a todo ser humano. No se queda en compasión subsidiaria, sino que provoca el compromiso solidario por atender la urgencia social y mitigar conjuntamente aquellas causas profundas que han de prevenir su reiteración. Este compromiso con la humanidad confirma su natural aspiración de “trascender”.


La correlación de los principios de humanismo, apertura y servicio causa las virtudes del diálogo, amistad y encuentro, como disposiciones operativas de la libertad. Pero el equilibrio de los principios es fundamental para que esas virtudes permanezcan en su justo medio. Dicho de otro modo, en ausencia de algún principio se pondría en riesgo las aspiraciones del proyecto educativo. Si se ignora el humanismo, la apertura estaría dispuesta al trabajo colaborativo y el servicio motivaría acciones concretas, pero la falta de visión personalista lo reduciría a un funcionalismo. O bien, si se extravía la apertura, el humanismo reconocería el valor abstracto de la humanidad y el servicio motivaría acciones concretas, pero la falta de un diálogo existencial con el “otro” degradaría las relaciones a nivel asistencial. O incluso, si desaparece el servicio, el humanismo reconocería el esplendor creativo de la persona y la apertura estaría poniendo rostro y nombre a sus expresiones existenciales, pero la falta de acciones concretas por el bien común racionalizaría el diálogo y se correría el riesgo de ideologizar la presencia humana.


Así, los tres principios significan lo que representan, pero correlacionados resignifican cualquier proyecto educativo: El humanismo pone de manifiesto la dignidad y la posibilidad del ser personal; la apertura visibiliza la existencia concreta, única e irrepetible de cada vida humana; en tanto que el servicio coadyuva a la realización personal dentro del progreso social con aspiraciones trascendentes.


CAMINO A LA TRASCENDENCIA


Los principios de humanismo, apertura y servicio son el componente genético más auténtico del Espíritu UDEM porque están presentes desde el momento mismo de su concepción como Comunidad Educativa. Los tres principios son fundamento de los valores que hacen de la UDEM una Institución de Inspiración Católica. Su fisonomía axiológica es la que sostiene una variedad de modelos educativos que se han desarrollado en distintas etapas de su historia, según los retos de cada profesión y las exigencias del entorno sociocultural.

Y en el centro del modelo, se encuentra la irremplazable presencia del maestro: sea titular, sea formador, sea asesor, sea coordinador... ese maestro que tiene convicción de que todo esfuerzo podrá ser bien recompensado a medida en que se vivan niveles cada vez más altos de diálogo, amistad y encuentro: tres virtudes que sorprenden al visitante, que contagian al compañero y que aferran a la misión; tres virtudes que ayudan a soportar el cansancio y los desaciertos, pero que primordialmente alegran y enaltecen la satisfacción de ver en cada graduado una extensión de la propia vida; tres virtudes que confirman de manera inequívoca que los principios de Humanismo, Apertura y Servicio siguen teniendo sentido y siguen motivando a “trascender”.


Por eso, en el 50 aniversario de la UDEM es menester reformular los principios fundacionales, los valores que de ellos derivan y las virtudes que dan pertenencia al cuerpo docente y a los colaboradores en general, porque ese es el primer paso para hacer posible en el año 2069, el jubileo del centenario.