El uniforme que invisibiliza a las empleadas del hogar:

Un mensaje que debes conocer



Alina Tijerina Rodríguez: Licenciada en Diseño Textil y de Moda por la Universidad de Monterrey (UDEM), coordinadora del departamento de Arquitectura y Ciencias del Hábitat, columnista en Noise.



Mi interés por el tema nació durante las caminatas que hacía en el parque antes de que la pandemia me lo impidiera. Ahí las veía siempre una y otra vez −¿las veía? ¿Desde cuándo? ¿Eran la misma persona?− Paso a paso la cantidad de mujeres en uniforme crecía. Es una sensación perturbante darse cuenta a través de la moda que los años no pasan. El uniforme que alguna vez vistieron las esclavas afroamericanas en los 50 ahora lo usan las empleadas del hogar. De acuerdo con la sociología, la ropa que vestimos es un lenguaje que grita a distancia el grupo social al que pertenecemos, pero el mensaje es aún más fuerte cuando dicha vestimenta es impuesta por otros.


Ilustración por Fernando Noriega
Ilustración por Fernando Noriega


Tener a alguien que limpie tu hogar se ha convertido en un símbolo de estatus en el Área Metropolitana de Monterrey (AMM) (1,2). A esta creación de una costumbre mediante la práctica en la vida cotidiana se le conoce como habitus (3). En otras palabras, las familias de esta zona están acostumbradas a que alguien haga el trabajo doméstico por ellos. A la percepción del público general, el empleo doméstico continúa siendo feminizado y, por ende, no es considerado un trabajo “real” (4). El IV informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) (5) menciona que existe discriminación hacia dicha labor debido a la desvalorización como parte del mercado por llevarse a cabo en un hogar.


Unido a la discriminación de las tareas que realizan, también reciben un rechazo por ser originarias de pueblos indígenas en las afueras del AMM6. En estas mujeres está naturalizada la desigualdad entre empleadas y empleadoras. Como señala Severine Durin en sus estudios sobre la mujer indígena en la labor doméstica, ellas tienen una percepción de ser denominadas como “pobres”, lo que contribuye a que exista una jerarquía dentro del hogar de la “señora” sobre la “muchacha” (7).


La violencia simbólica se define como actos que se hacen por parte de grupos sociales dominantes sobre el dominado para mantener el orden establecido (8); este término sirve para explicar el fenómeno del empleador-empleada dentro de los hogares de San Pedro Garza García -municipio en donde se realizó esta investigación. Y aquí es donde entra el uniforme.


EL ROL


El objetivo de la investigación tuvo como base encontrar el verdadero uso o mensaje que se busca transmitir a través del uniforme en la trabajadora del hogar y hallarle una razón a la decisión de generar un molde que facilita la distinción de las clases sociales. ¿Son las empleadoras las que deciden que éste se use o es decisión de la empleada el portarlo?


Cada prenda que decidimos usar tiene un mensaje. Juan Antonio Pérez, catedrático de Psicología Social de la Universidad de Valencia, determina que existen tres razones que definen el uso de un uniforme: la desindividualización, el orden y la jerarquía (9). Sin embargo, el molde en el que encaje ese uniforme depende de la labor que se realiza; por ejemplo, un doctor que porta una filipina médica (pitufo) muestra prestigio, pero esto lo aleja de ser individuo y se convierte en uno más del grupo.


Dentro de la labor del hogar el uniforme juega un rol trascendental en las interacciones personales. En una entrevista con el periódico El Telégrafo, Antonio Santos, el director de Comunicación y Marketing de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, asegura que el uniforme sí tiene cierto grado de practicidad en el trabajo. El problema es que no se tiene en mente que cuando se portan dichas prendas, la relación de poder se torna más clara. Es la que trae el uniforme a quien se le definen sus parámetros (10), los cuales incluyen la desexualización de su cuerpo.


Los uniformes fueron originalmente creados para el uso del hombre, los diseños y siluetas de mujeres se adaptaron al proceso de patronaje del género masculino (11).

A raíz de que se ha creado y normalizado la imagen de hombres incapaces de contener sus deseos sexuales12, las empleadoras prefieren que las trabajadoras porten un uniforme que convierte en sexualmente ambiguo y anómalo el cuerpo de la mujer, lo cual termina por ser un beneficio debido a que se quitan la preocupación de las tentaciones que se le presenten a los hombres que viven o trabajan en su casa (13,14).


Para poder conocer a fondo los efectos del uniforme se eligió una metodología etnográfica; realicé un grupo de enfoque con trabajadoras gracias a la empleada del hogar que labora en mi casa, Martha, quien ha estado con nosotros por más de 24 años. Su confianza fue importante para que sus amigas pudieran abrirse a responder con honestidad. Por otra parte, para acercarme con las empleadoras hice una entrevista bajo la suposición de realizar un trabajo con el objetivo de desarrollar un uniforme nuevo para las empleadas del hogar (15).


Con la intención de conocer el mensaje que porta el uniforme, utilicé el método empírico al acudir a dos fiestas infantiles para analizar el comportamiento entre las empleadas y las empleadoras, así como usar el uniforme para pasear por la plaza Paseo San Pedro.


Hacer las preguntas sin sesgarlas fue muy complicado: ¿cómo le preguntas a alguien si ha sido discriminada sin meterle la idea de que sí le ha pasado? Sin embargo, en cuanto pregunté qué opinaban de los uniformes, todas comenzaron a hablar. De las cuatro empleadas, a tres de ellas no les parecía correcto su uso y la última nunca lo portó. Consideran que es una forma de hacerlas entender quién manda en la casa.


Andrea trabajaba con dos “nanas” que cuidaban a las niñas de la familia; ella se encargaba solamente de la limpieza. Cuando le pidieron que usara el uniforme pensó que sería el mismo para las tres, pero resultó ser diferente. Las “nanas” portaban un “pitufo” y ella el de “sirvienta”. Esto fue un problema porque entendió que la empleadora necesitaba definir las labores de todas con la ropa que usaban. La acción de catalogar a las empleadas dentro del hogar les molesta mucho.


Con la intención de conocer el mensaje que porta el uniforme, utilicé el método empírico al acudir a dos fiestas infantiles para analizar el comportamiento entre las empleadas y las empleadoras, así como usar el uniforme para pasear por la plaza Paseo San Pedro.


Hacer las preguntas sin sesgarlas fue muy complicado: ¿cómo le preguntas a alguien si ha sido discriminada sin meterle la idea de que sí le ha pasado? Sin embargo, en cuanto pregunté qué opinaban de los uniformes, todas comenzaron a hablar. De las cuatro empleadas, a tres de ellas no les parecía correcto su uso y la última nunca lo portó. Consideran que es una forma de hacerlas entender quién manda en la casa.


Andrea trabajaba con dos “nanas” que cuidaban a las niñas de la familia; ella se encargaba solamente de la limpieza. Cuando le pidieron que usara el uniforme pensó que sería el mismo para las tres, pero resultó ser diferente. Las “nanas” portaban un “pitufo” y ella el de “sirvienta”. Esto fue un problema porque entendió que la empleadora necesitaba definir las labores de todas con la ropa que usaban. La acción de catalogar a las empleadas dentro del hogar les molesta mucho.


La jerarquía era evidente dentro de un hogar y fuera de él. Los salones de fiestas de las piñatas a las que asistí parecían estar divididos en dos partes: por un lado estaban todas las mamás de los niños sentadas y disfrutando de la fiesta, y por el otro, las empleadas cuidando de sus niños. Lo más curioso de ese estudio empírico fue ver las reacciones de los menores, ya que ellos no tienen asimilado aún qué mensajes traen los uniformes. Pero eso no eliminó la confusión que sentían cuando buscaban a quién estaba ahí para cuidarlos.


En un momento, un niño levantó la mano y volteó a todos lados para ver quién venía con él porque habían demasiadas personas vestidas igual. Fue hasta que la empleada se acercó y lo ayudó que el niño la reconoció. Por un momento, para él todas eran la misma. En esta piñata le pregunté a una mujer que vestía un pitufo con dibujos de Bambi si su jefa se lo había conseguido, a lo que me contestó: “No, no te confundas, yo soy enfermera, no muchacha”. La ofensa por haberla confundido como alguien dedicada a la limpieza de un hogar fue notoria.


Por otro lado, a Daniela no le molestaba el uniforme porque era una manera de no maltratar su ropa. Pero al preguntarle qué diseño usaba se hizo evidente el porqué no le molestaba usarlo: “Mi uniforme me gusta, está muy bonito, tiene huellitas de niños, hasta me dicen que soy enfermera y ¡nombre, bueno fuera! O que si soy nana, y le digo: ‘no’, trae varias cosas, no nada más precisamente de ‘sirvienta’, se diferencia en varias cosas”.


CONTROL A TRAVÉS DE LA ROPA


Uno de los cuestionamientos principales a la hora de hacer el estudio era si las empleadas se percataban de la discriminación. Me intrigaba saber si podían darse cuenta de la violencia visual a la que eran sometidas. De esa curiosidad fue que nació la idea que representó un punto clave en la investigación: vestirme con el uniforme y pasear por una de las plazas más exclusivas de San Pedro, con el objetivo de determinar si las miradas se sienten o no.


Cara lavada, me amarré el cabello y me fui a caminar. En el trayecto le confesé a una amiga que me acompañaba el miedo de llegar a la plaza porque no sabía si me iban a revisar la bolsa o me prohibirían la entrada a ciertos lugares. En ese momento me di cuenta de que el mensaje del uniforme es muy fuerte. A pesar de que no me dedico a la labor del hogar, tenía un sentimiento de inferioridad con relación a los demás. Al entrar me topé con mi mamá y una amiga suya, quien fue la primera en verme, pero lo más impresionante de todo es que, en realidad, no me vio. Recibí una mirada de su parte, se volteó y siguió su camino. No me reconoció.


El uniforme le dijo quién era antes de percatarse que era alguien que conocía de toda la vida: la ropa se adelanta a comunicarnos quién es la gente que la porta más allá de quien realmente es.

La imposición del uniforme es un tema de control del dominador sobre el dominado. No es lo mismo decidir el uso del uniforme por comodidad a que se les imponga. Entendí su perspectiva de la situación cuando Mariana contó que se negó a usar el uniforme en una casa pero que en la anterior sí lo había portado. Cuando le pregunté la razón del porqué decidió no aceptar la ropa por parte de sus empleadores, respondió: “Yo por mi voluntad me lo pongo, pero me choca que me impongan las cosas”. Usar una prenda obligada es una molestia para ellas porque se encuentran en una situación incómoda de querer usar el uniforme para no mancharse, pero saben que con ello viene una pérdida de su identidad.


Esto deriva en una desexualización. Durin expone en sus investigaciones que a las empleadas se les prohibía el uso de maquillaje, accesorios, e inclusive, no podían pintarse las uñas. Esto apela al miedo -abordado anteriormente- de las empleadoras por las tentaciones que se le puedan presentar a los hombres de su familia y otros empleados. Sin embargo, el hacer el cuerpo de la empleada anómalo no era percibido ni resentido por ellas mismas.


María Fernanda, una de las empleadoras entrevistadas, me ayudó a entender lo que piensa mucha gente pero no lo dice. La conversación fue dirigida, por ella misma, hacia el problema que significaba el “mal aspecto” de las empleadas y cómo esto podía manchar la imagen de su casa. Era obvio que tuvieran que verse “presentables” si ellas eran las que recibían gente y cocinaban.


Me contó la historia de cómo su esposo llegó a su casa y se topó a dos empleadas a quienes describió como “las que se están exhibiendo”. Cuando la esposa se las presentó como las “muchachas”, él pidió que las despidiera debido a que “estaban muy exóticas”. María Fernanda las despidió porque no se iba a arriesgar a que las mujeres en su casa fueran demasiada tentación para su esposo. Cuando terminó de contarme la historia me dijo: “ese tipo de cosas se pueden evitar si la empleada usa uniforme”. Establecer normas de vestimenta contribuye a que las señoras de las casas también ejerzan ese control sobre las relaciones con sus empleadas. Por ejemplo, un mozo.


“Entonces también para que no anden muy ajustadas ni muy provocativas, ¿verdad? Porque a veces tienes mozo y no quieres… pues que se mal entienda la relación entre ellos dos”.

Este miedo que sienten las empleadoras de las casas es una costumbre con la que crecieron (16): la cultura popular mexicana, o bien las novelas, enseñan que siempre existe la posibilidad de que llegue una mujer a la casa, alguien que no parezca amenazante y termine quedándose con todo, siempre dejando a la cabeza de la familia sin nada. Estas ideas fueron creando una forma de pensar en las empleadoras, la cual las lleva a pedir uniformes e, inclusive, correr a aquellas que se niegan a usarlo.


Esta violencia simbólica muchas veces se realiza sin malicia, son hábitos y pensamientos establecidos por un orden jerárquico que justifica por qué el uso de los uniformes es bueno. Sin embargo, el mensaje está claro: el cuerpo de la empleada es visto como sospechoso y una amenaza, la solución más fácil es borrarlo y esconderlo (17).



*Algunos de los nombres utilizados son seudónimos para respetar la privacidad de las entrevistadas.

Referencias

  1. Durin, S. (2017). Yo trabajo en casa, trabajo del hogar de planta, género y etnicidad en Monterrey.

  2. Durin, S. (2013). Servicio doméstico de planta y discriminación en el área metropolitana de Monterrey. Relaciones Estudios de historia y sociedad, vol. XXXIV, No. 134, pp. 93-129.

  3. Ávila, M. (2005). Socialización, Educación y Reproducción Cultural: Bordieu y Bernstein. Revista Interuniversitaria de Formación del Profesorado, vol. 19, No. 1, pp. 159-174.

  4. Consejo Nacional para la Discriminación (2016). Ficha Temática Trabajadoras del Hogar. Recuperado de: https://www.conapred.org.mx/userfiles/files/Ficha%20TH.pdf

  5. Oficina Internacional del Trabajo. (2010). Trabajo decente para los trabajadores domésticos. Recuperado de: https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/@ed_norm/@relconf/documents/meetingdocument/wcms_104703.pdf

  6. Op.cit (Durin, S. [2017] Op.cit).

  7. Fernández, J. (2011). Los poderes del uniforme. La Vanguardia. Recuperado de: https://www.lavanguardia.com/vida/20110212/54111862379/los-poderes-del-uniforme.html

  8. Op.cit (Ávila, M. p. 159-174).

  9. Op.cit (Fernández, J. Op.cit).

  10. Crous, M. (2018). Blinded by whiteness: The domestic worker uniform and why it’s still a symbol of oppression. W24. Recuperado de: https://www.w24.co.za/Wellness/Mind/blinded-by-whiteness-the-domestic-worker-uniform-and-why-its-still-a-symbol-of-oppression-20180420

  11. Hopley-Jones, V. (2017). Uniform in fashion: uniting or oppressive?. Varsity. Recuperado de: https://www.varsity.co.uk/fashion/13739

  12. Hertz, C. (2015). The uniform: As material, as symbol, as negotiated object. Midwestern Folklore.

  13. Op.cit (Durin, S. [2017] Op.cit).

  14. Op.cit (Fernández, J. Op.cit).

  15. La metodología de las entrevistas se basó en la justificación de la socióloga Judith Rollins en su libro Women, Domestics and their Employers (1985).

  16. Durin, S., & Vázquez, N. (2013). Heroínas-sirvientas. Análisis de las representaciones de trabajadoras domésticas en telenovelas mexicanas. Trayectorias, 15 (36), 20-44.

  17. Op.cit (Durin, S. [2017] Op.cit).