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Una lectura a Hipocondría moral de Pau Luque y Natalia Carrillo


 

Ilustraciones: Jimena Pérez Ramos

Por: Nazar A. de la Garza


Siempre me prometo que solo serán 20 minutos antes de continuar con mi responsabilidad en curso, pero dejar de scrollear me resulta cada vez más difícil. La adicción está dura y la dopamina que me dan los mares de gatitos, noticias y proyectos de renovación, me calman y distraen de las dificultades de la existencia. Sin embargo, siempre pasa que se cuelan un par de contenidos que exacerban por un rato algunas de mis crisis. 

“Si quieres reducir tu participación en el capitalismo extractivo e invertir en un mejor futuro  (…) La buena noticia es que puedes sacar tu dinero de este sistema extractivista al unirte a una cooperativa de crédito, un banco sin fines de lucro o a un banco que financia energía renovable (…)”, inicia un reel cuidadosamente seleccionado por mi algoritmo.

“Reducir tu participación”, “capitalismo extractivo”. Dos segundos y estaba ganchada. La culpa me inundó al pensar que mi dinero estaba contribuyendo a la industria de combustibles fósiles. Para tranquilizarme busqué la opinión de Armando, uno de mis mejores amigos.

“Meh, es como reciclar, está bien si te tranquiliza el espíritu y te deja dormir, pero fuera de ahí… digo, pensar que puedes o, peor aún, debes votar con tus pesos en un juego que vamos a perder porque ellos tienen más que dar, kinda is the problem”. 

¿Tipo? ¿Qué contestas a eso? Reaccioné con el emoji llorando de la risa, seguido de un corto y resignado “fine”. 

¿Pero si no voto con mis pesos, con qué otra cosa voy a aportar? ¿Qué hago con mi privilegio si no es apoyar a causas nobles? Tengo tanto y hay tantas personas que no tienen nada. Mis pesos en el banco están acabando con el planeta y las personas más precarizadas serán las más afectadas por mi inacción y egoísmo. ¿Cómo es esto igual que reciclar?¿Llevar mis botellas de plástico a centros de reciclaje cada mes no sirve de nada? ¿Tiene razón Armando y es solo mi forma de curarme en salud y consciencia? ¿Es Armando un cínico? ¿El cinismo va a atraparme a mí también tarde que temprano? ¿Es así como termina todo el mundo? 

La realidad es que no es raro encontrarme sobrepensando todas las repercusiones que tienen mis acciones en el mundo, cayendo de pronto en espirales sin fin. ¿Estoy siendo muy dramática? Por azares del destino, llegó a mis manos un libro –prometo que no recurro a este cliché con fines narrativos o argumentativos– que me presentó unas ideas que me ayudaron a entender qué me pasaba en estas situaciones: Hipocondría moral, de Natalia Carrillo y Pau Luque.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa

¿Perdón? – me pregunté cuando empecé a leer– ¿Desde cuándo preocuparme por los males sociales y políticos es una característica narcisista? ¡Nos estamos quedando sin planeta! ¡Hay millones de personas muriendo de hambre! ¡La desigualdad social nos afecta a todos! Claro que soy culpable porque si no soy parte de la solución, soy parte del problema.

Se me quedó mi termo en casa hoy, culpa. Manejo 40 kilómetros diarios por mi trabajo, culpa. Soy una mujer blanca privilegiada, culpa. Otra vez no me traje un tupper para mi comida de la cafetería, culpa.

A ver, estoy segura que todos los problemas sociales que me preocupan son muy reales pero, si soy justa, ¿cómo soy culpable de la forma en la que se distribuye la riqueza en el mundo? Definitivamente no formo parte del 1% más rico del planeta que contamina en un año lo que el resto de nosotros en toda una vida. ¿Cómo podría yo ser culpable de los territorios robados a las comunidades indígenas? 

La culpa la tenemos metida hasta la médula; tal vez tiene que ver con habernos aprendido el credo desde los siete años o las tantas veces que escuchamos el mismo chantaje de nuestra madre para que nos termináramos el plato de comida. El punto es que tratar de huir de la culpa es complicado, si no es que imposible para algunos. Sin embargo, el verdadero problema quizá no sea lo que sentimos, sino lo que hacemos o dejamos de hacer a consecuencia de ello. Cambiamos nuestras fotos de perfil en redes sociales para apoyar distintas causas, donamos dinero, reciclamos, nos bañamos en tres minutos, cargamos con nuestros termos. ¿Me siento mejor? ¿Por cuánto tiempo?

El primer paso, aunque cueste y duela, será entonces reconocer el narcisismo implícito en esta culpabilidad y en las formas que tenemos para lidiar con ella; solo así podremos entender lo ridículo que todo esto suena, porque la realidad es que ni mi reciclaje va a salvar al mundo, ni mis donaciones van a hacer nada por la pobreza extrema de mi país, ni dejar de usar mi coche hará que mi ciudad deje de ser una de las más contaminadas del mundo. Y aún así, no, definitivamente no me siento mejor.

Hipocondríaca, narcisista y ridícula ¿Ahora qué?

 Si no soy culpable y si mis acciones no pueden salvar el mundo, ¿me resigno? Digo, finalmente todos moriremos tarde o temprano, ¿no? Cinismo, ¿eres tú?

Sí, todos moriremos algún día, pero mientras eso pasa, sentirnos pulgas irrelevantes sin ningún tipo de agencia, también suena fatal. Para mi suerte, Pau y Natalia presentan otra posible interpretación de esta culpa de la que a veces no podemos escapar, “la llamada de la responsabilidad”.

Es normal que cualquier ser humano medianamente decente se preocupe por el prójimo y sus dolencias. Un poquito de hipocondría moral me parece muy humano, somos seres sociales y vivimos en sociedad. Lo que les afecta a unos, sí nos concierne al resto de alguna u otra forma, y está bien aportar con nuestros granitos de arena. Sin embargo, estos nunca serán suficientes si no nos recordamos que sí hay culpables concretos en estos problemas que nos atañen, y que parte de nuestra responsabilidad consiste en nombrarlos y en exigirles reparación. 

Repartir la culpa entre todos nos despolitiza y nos divide; nos hace hipervigilantes y temerosos; víctimas y victimarios. Si no estás conmigo, estás contra mí. Y así vivimos, entre discusiones interminables en tu red social de preferencia, lanzando la pelota de un lado a otro a ver si logramos contagiar la culpa que nos corroe, distraídos juzgando acciones individuales, enemistándonos por el uso de popotes. Mientras tanto, los verdaderos culpables probablemente duermen tranquilos, confiados en la impunidad que efectivamente les brinda nuestra falta de responsabilidad política.

La suerte de los Armandos

¿Qué se sentirá ir por la vida sin experimentar mis niveles diarios de culpa? Qué envidia, de veras. Una solo puede soñar, ha de ser maravilloso. Pero entonces, ¿los que no son hipocondríacos, son cínicos? –Según los autores, no necesariamente. 

Digo no “necesariamente” porque de seguro habrá uno que otro que sí lo sea (ya que cada quien se diagnostique), pero lo que los autores sí dejan en claro es que la culpa no es el único indicador de decencia. A ver, no es como que exista un “hipocondriámetro moral”, pero como en la mayoría de los males, creo que hay niveles. Malditos suertudos todos aquellos que puedan decir tener niveles de hipocondría moral menores al mío; que útil que existan y espero que todas estas personas estén usando sus poderes con responsabilidad.

Por muy elevado que pueda sonar mi nivel de hipocondría moral para algunos, puedo asegurar que a comparación de los casos extremos que relatan los autores en su ensayo –una termina en la cárcel y la otra en una especie de secta– no estoy tan mal. Asimismo, aunque los autores no nos dejen con una solución concreta para este mal narcisista, definitivamente creo que tener amigos como Armando ayuda a mantener a los alterados como yo bajo control. Bueno, eso e ir a terapia, tal como lo recomendó Pau Luque en una de las presentaciones de este libro.




 

Entrevista a Pau Luque y Natalia Carrillo


Existe esta tendencia a ciertos discursos intelectuales y públicos que critican la era del victimismo. En ese marco, ustedes nos presentan una contrapropuesta: la culpabilidad. Entre victimarios y culpables, ¿cómo nos acercamos a darle forma a esta especie de dicotomía?


Una idea implícita de nuestro ensayo es que esa es una falsa dicotomía. Y no porque no haya víctimas y culpables, sino porque ser víctima y ser culpable no es la única dimensión, ni siquiera la más importante, de la vida política de cada uno de nosotros.


En un contexto en que se considera que las personas, sobre todo las nuevas generaciones, están despolitizadas, ¿qué tan importante es reivindicar la agencia de las personas dentro de los miles de conflictos sociales que nos rodean sin caer en la hipocondría moral?


No estamos seguros de que los jóvenes estén despolitizados. En un sentido, están profundamente politizados: lo ven casi todo en términos de una relación amigo-enemigo. Lo que ocurre es que se trata de una forma de politización muy pobre que contribuye, precisamente, a que cualquier asociación, ya sea por acción o por omisión, con el bando contrario nos haga sentir culpables. Esto es la hipocondría moral. Lo primero que hay que hacer para recuperar la agencia es pensar que la dialéctica amigo-enemigo es, si acaso, solo una parte del hecho político, y ni siquiera es su parte más importante. Una vez abandonada esa dialéctica como principio vertebrador de nuestra vida política, desaparecerá una buena parte de la hipocondría moral.


¿Cómo socializamos con el hecho de que las personas somos incongruentes por naturaleza en un contexto en donde siempre se piensa en las personalidades y las acciones de manera performativa?


Un escritor español, Rafael Sánchez Ferlosio, decía que la coherencia vale poco más que la rima, pero es mucho más peligrosa. La coherencia puede ser un valor cruel porque nos obliga a ser inflexibles. A veces, la respuesta ética correcta es la incoherencia. No debería preocuparnos ser incoherentes. Solo debería alarmarnos convertirnos en cínicos o en oportunistas.

¿Se puede complejizar el concepto de hipocondría moral más allá de la dicotomía burguesía contra proletariado? Pensando en un contexto conformado por diferentes estratos sociales o características que constituyen grupos sociales diversos.


Sí, la hipocondría moral nos afecta en relación con cualquier situación que nos incomoda moralmente y esto no se ciñe únicamente a las diferencias de clase.


En lo que creemos que es una sociedad cada vez más individualizada, ¿cabe la hipocondría moral? ¿Qué nos dice sobre esta misma concepción de individualismo?


La hipocondría moral es una consecuencia inevitable del individualismo moral y social. No es cierto que seamos individuos que vivimos en sociedad; somos sociedad, nuestro yo es un yo social. La responsabilidad entiende mejor que la culpa las calamidades sociales porque entiende mejor que no somos una mera fila de individuos, sino una sociedad.


¿Qué metamorfosis puede evocar el cierre de brecha entre culpa y responsabilidad?


Intentamos reivindicar el valor constructivo de la responsabilidad frente al valor corrosivo de la culpa. La metamorfosis, si se abraza la responsabilidad y se deja en un plano secundario a la culpa, será un mejor entendimiento de lo colectivo y, con ello, unas mejores condiciones para lidiar con las calamidades sociales.


¿Cómo repensar lo político cuando nos relacionamos e identificamos desde los sentimientos?


Los sentimientos forman parte de la política e intentar expulsarlos es asegurarse de que regresarán como un boomerang inesperado. Lo realmente importante es comprender cuáles sentimientos son socialmente venenosos y cuáles son autodestructivos, política y personalmente.


 

Nazar A. de la Garza

Licenciada en Ciencias de la Información y Comunicación; Maestra en Humanidades por la Universidad de Monterrey (UDEM); y profesora del departamento de Cine y Comunicación.


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