¿Por qué nos enoja tanto que Bad Bunny llene estadios?

Hint: no tiene nada que ver con Bad Bunny.


Por: Ana Canepa


Isaura Leonardo dice en su ensayo “La Diáspora Salvaje” (2021) que el reggaetón es como brujería: una magia rara que causa asco y placer; una música inevitablemente eufórica y al mismo tiempo perseguida y estigmatizada.


Se sabe que socialmente el reggaetón no es visto como una música de alto valor artístico, y la razón típica de cualquier persona que odia el reggaetón (o lo escucha pero solo como gusto culposo), es que las letras son altamente machistas y sexuales. Pero dedicándole dos minutos de investigación y reflexión, podemos encontrar que temas machistas y sexuales están y han estado presentes en todos los tipos de música: The Police tiene una canción sobre un maestro que le atrae su alumna menor de edad y otra que romantiza los celos y la mujer como una posesión; Soda Stereo canta: “puedo ser tu violador"; la canción navideña Baby It’s Cold Outside (que ganó un Óscar cuando salió originalmente) normaliza el deseo sexual del hombre sobre el consentimiento de la mujer; hasta los Beatles y Elvis Presley escribieron que preferían ver a su amante muerta que con otro hombre. El machismo y la sexualización han estado en la música desde siempre, pero eso nunca le ha quitado el mérito a lo que estos artistas hacen.

Por otro lado, entre los reggaetoneros, se podría decir que Bad Bunny es de los más woke-cillos (alerta a las injusticias en la sociedad). Desde los inicios de su carrera ha roto estereotipos de género con su vestimenta, ha salido en sus videos musicales haciéndose las uñas y promoviendo frases feministas, ha modelado vestidos y bolsos, explorado la fluidez de género en entrevistas, y denunciado feminicidios en programas internacionales. Que sea o no suya la responsabilidad y el espacio para hacer estos actos es otra discusión, pero que como figura de autoridad masculina rompe con las expectativas altamente rígidas de la masculinidad latinoamericana, es innegable.


Entonces, si el reggaetón no es más machista que otras músicas, y si Bad Bunny —entre sus colegas— es de los más salvables dentro de este tema, ¿por qué causa tanta indignación que la gente quiera llenar estadios para ir a verlo?


Las raíces de este disgusto son más profundas de lo que parecen.


La gran diferencia entre el reggaetón y la música a la que estábamos acostumbrados que fuera mainstream es que el reggaetón nació como un género musical para bailar, y la letra en realidad nunca fue tan importante. En sus inicios, antes de ser reggaetón fue reggae en español. Inmigrantes jamaiquinos en Panamá traducían canciones del reggae en fiestas solo para tener palabras que fueran entendibles, haciendo uso de la improvisación y sin importar mucho que el mensaje de la canción fuera similar. El chiste era bailar.


El reggaetón tiene muchos ancestros musicales (reggae, calypso, soca y dancehall), pero en su mayoría tienen un punto en común: estas músicas son hijas de los ritmos afro-caribeños. En la época colonial, hubo una gran migración de personas africanas especialmente a Centroamérica. Eran traídos como esclavos y se mezclaban en las clases sociales indígenas. Y una de las grandes diferencias entre la cultura formada por los negros e indígenas con los colonizadores eran los bailes. Antonio Nieto en su ensayo “Chuchumbé, Champeta y Reguetón” explica:


“Desde los tiempos de la Colonia y esclavitud, los prejuicios contra la cultura negra la redujeron a su relación con lo rítmico y subrayaron hasta la saciedad que su música es ruido. Decir que los reguetoneros son simios forma parte de la línea de argumentación del pensamiento inquisidor que niega al negro como persona, lo cual históricamente ‘tiene su explicación a través de la sociedad esclavista, enmarcada en la época colonial donde el negro es visto como un animal de trabajo [por lo que] sus manifestaciones culturales fueron negadas y subvaloradas […] señaladas como expresiones vulgares donde predomina la lascivia.’”


Bien sabemos ahora que fueron varias las estrategias de colonización para justificar la necesidad de convertir religiosamente a los locales para ser salvados. Lo que nos pasa desapercibido a veces es que todavía cargamos en nuestra cultura varios de los prejuicios que eran necesarios para excusar la colonización. Nieto continúa en su ensayo:


“Ya que la Iglesia, mediante la religión, pone en escena el pensamiento filosófico de Platón al alertar que el sano juicio del alma se encuentra amenazado por la seducción corruptiva del cuerpo, aquellos bailes y ritmos populares fueron condenados y denunciados sistemáticamente”.


El reggaetón, al ser una música heredera de ritmos afro-caribeños, es una música para bailar: que implica el cuerpo. Y Latinoamérica, como herencia cultural de la colonización, padece la inhabilidad de desconectar el goce del cuerpo de la culpa del pecado. La popularidad del reggaetón indigna a la sociedad latinoamericana no por las letras machistas (aunque no se niega que algunas sí son problemáticas), sino porque pone, en términos platónicos, el cuerpo por encima del alma, lo salvaje (lo afro-caribeño) sobre lo civilizado (la Iglesia), el impulso sobre la razón.


En una nota un poco más radical, Gabriel Elías en “Neandertales del mundo uníos (y perread)” habla de que cuando se critica al reggaetón, no se habla de sus exponentes o de sus raíces, sino de su carácter de ruido, de los cantantes como simios y los escuchantes como salvajes. Elías argumenta que nuestros gustos hablan de nuestros privilegios y que en el mundo del arte, el prejuicio es hacia los contextos, no hacia las formas. Concluye que históricamente, la música percutida ha sido prohibida por su capacidad de convocatoria, por lo cual tal vez la popularidad del reggaetón puede sentirse como una amenaza para los valores coloniales y la parte de la sociedad que estos privilegian.


En otras palabras, cuando una persona que no escucha reggaetón lo crítica desde la "moral" —sin conocer sus raíces ni sus participantes, y sin hacer una construcción real hacia sus temáticas y estructura musical— es muy probable que en un nivel subyacente lo que está buscando es preservar los prejuicios y privilegios heredados del colonialismo.


Finalmente, aprovecho la licencia para decir que aunque el reggaetón sea en esencia una música para bailar, esto no quiere decir que sus letras no tengan nada que ofrecer. El baile y las palabras son maneras de comunicarse, y en las letras del reggaetón surgen muchas maneras de conocer a Latinoamérica y su gente. También se puede entender sobre la masculinidad, feminidad, religión, cultura, relaciones sociales y el siglo XXI en Latinoamérica viendo patrones que se repiten en las canciones de Bad Bunny y en las letras del reggaetón.


Ana Canepa es egresada de la Licenciatura en Psicología (2019) y Licenciatura en Letras (2020) por la Universidad de Monterrey. Crea contenido en @perreointelectual, una revista digital que explora el reggaetón desde una perspectiva literaria y cultural.

Bibliografía:


Elías, G. (2021). Neandertales del mundo uníos (y perread). En P. Salinas y J. P. Ruiz Nuñez (Eds.), Vamos pal perreo (pp. 85-92). Ciudad de México: Editorial Fruta Bomba.

Leonardo, I. (2021). La Diáspora Salvaje. En P. Salinas y J. P. Ruiz Núñez (Eds.), Vamos pal perreo (pp. 17-30). Ciudad de México: Editorial Fruta Bomba.

Nieto, A. (2021). Chuchumbé, Champeta y Reguetón. En P. Salinas y J. P. Ruiz Nuñez (Eds.), Vamos pal perreo (pp. 39-48). Ciudad de México: Editorial Fruta Bomba. Publicado originalmente en el 2018.