La estratificación de periodistas: una mirada desde la ficción


Jacobo Molina Rodríguez


Licenciado en letras (LLE) por la Universidad de Monterrey (UDEM); coordinador editorial de Tilde Editores.






Recientemente, la asociación Reporteros Sin Fronteras colocó a México en el primer lugar de mortalidad para quienes ejercen el periodismo. Es la tercera vez que el país aparece en el primer puesto de esa lista, y lo ha hecho de forma consecutiva. Pero los datos duros, sin duda importantes para exhibir, analizar y llevar a cabo propuestas que respondan a la problemática, en ocasiones no bastan para comprender un tema tan complejo. Aunque suene trillado, es necesario tener presente que las víctimas de violencia no se reducen a un número ni a una gráfica. Esas personas tienen −o tuvieron− un nombre. Por ello, paradójicamente, la ficción cobra importancia.


Tras la lectura de tres libros que abordan la violencia contra las y los periodistas, ya sea central o tangencialmente, me percaté de un sistema laboral que no siempre es dimensionado. Si bien a menudo se habla de intimidaciones y asesinatos a periodistas orquestados por grupos de poder político o células criminales, pocas veces se atribuye o, cuando menos, se establece un mínimo vínculo de esa violencia con el funcionamiento interno del periodismo mexicano. Y es que, después de leer las narrativas expuestas en Todos los miedos de Pedro Ángel Palou García, Dispárenme como a Blancornelas de Daniel Salinas Basave y El vendedor de silencio de Enrique Serna Rodríguez; llegué a la conclusión de que el periodismo en nuestro país se rige bajo formas similares a las que existen en las capas sociales.





No hablo solamente de puestos jerárquicos, como ocurre en casi toda entidad privada o pública, hablo de la existencia de clases sociales entre las y los periodistas.


Basta con mencionar el contraste entre las y los personajes que habitan los relatos de Salinas Basave y la protagonista de la novela de Palou García respecto al personaje central de la novela de Serna Rodríguez, el afamado periodista de los años 50 y 60, Carlos Denegri. Un contraste que va desde el origen socioeconómico de las y los personajes, pasando por los peligros que corren en el ejercicio de su profesión, hasta sus trágicas muertes, que ocurren por circunstancias completamente distintas.


DEL ABSURDO A LA VIOLENCIA


Uno de los aspectos más importantes en los relatos de Dispárenme como a Blancornelas es que, contrario a lo que sugiere su título, la violencia experimentada por la mayoría de sus personajes no está directamente asociada con el narco. Existen episodios de reporteros de nota roja, sí, pero las y los personajes de Salinas Basave se caracterizan por residir en un universo absurdo. Con ello no quiero dar a entender que son cuentos con tintes existenciales, me refiero al absurdo consecuente a un sistema laboral precario, en el que incluso las y los periodistas con más experiencia tienen que acostumbrarse a percibir un salario paupérrimo y enfrentar la constante presión para hacerlos renunciar, de modo que la empresa editorial pueda ahorrarse la liquidación.


Son personajes con una vida tan miserable que el protagonista del primer cuento, titulado igual que el libro, opta por el suicidio de una forma poco convencional: le paga a unos sicarios para ejecutarlo y así tener al menos una muerte gloriosa y romántica como periodista asesinado.


Su trabajo, fuente de la violencia que hace de su vida un encierro, lo lleva a la conclusión de que la muerte es una especie de redención profesional. Pese a que el relato anterior es el más representativo y útil para este análisis, Salinas Basave decidió llevar aún más lejos el sentimiento de periodistas que se perciben confinados en una carrera sin propósito alguno.


Prueba de ello es Belén Arazaluz, personaje del tercer relato del libro. Se trata de una periodista que, en la narración, está por cubrir un evento a donde asistirá George Bush aún como presidente de Estados Unidos. En lo más íntimo de su alma, Belén desea asesinarlo, mas no como un mero acto político, sino como una forma segura de trascender. El cuento permite entrever que se trata de una reportera explotada e insatisfecha con su vida; quizá de ahí su deseo magnicida.





LOS RIESGOS DE LA INVESTIGACIÓN


El caso de la novela de Palou García guarda, para efectos de este artículo, ciertas similitudes con el libro de Salinas Basave. No obstante, he de aclarar que dicha semejanza está ligada únicamente a la violencia que padecen las y los periodistas menos privilegiados por el modelo de negocios del periodismo mexicano. Y lo menciono porque en Todos los miedos se retrata la violencia desde una perspectiva que coquetea con la novela negra. La protagonista de la trama, Daniela Real, es una periodista de investigación que, para cuando inicia la trama, ya ha sido expulsada de un medio de comunicación.


La narración es tan acelerada como sus latidos y respiraciones, y comprende un tiempo ficticio de sólo 20 horas. Sin embargo, esa rápida narración basta para capturar la paranoia constante de una protagonista que todo el tiempo es observada, hostigada y que recibe atentados contra su vida en más de una ocasión. No es para menos: su investigación sobre redes de trata en la Ciudad de México, sitio en el cual ocurren los hechos, escala hasta los puestos más altos de la política capitalina. Para las autoridades, el principal problema no es lo que Daniela ha publicado, sino lo que podría publicar.


Pero todo ese peligro que corre no se limita a la persecución política; lo cierto es que se trata de un personaje con un nivel de vida bastante modesto, y a quien la presión por grupos de poder le ha hecho perder empleos y cerrar sus propios sitios web, donde publicaba notas e investigaciones.


En este punto, es necesario remarcar un hecho: las verdaderas persecuciones políticas, como las que padece Daniela, difícilmente son perpetradas contra disidencias controladas; se dirigen más bien contra las disidencias marginales, las que a menudo se encuentran alejadas de la élite periodística.


Bien lo menciona la narración: “Le dice que su amiga es parte, no de la lista negra, sino de la negrísima. Los periodistas molestos a los que han dejado de temer y que ahora, más bien. quieren eliminar”. Quizá el mayor parecido que existe entre algunos personajes de Dispárenme como a Blancornelas y la protagonista de Todos los miedos es el deseo de alcanzar cierta gloria. Daniela tiene un profundo deseo de fungir como eje informativo; por ende, hay una búsqueda de gloria más pragmática que poética, pero búsqueda de gloria al fin y al cabo: “Es fácil disfrazarla de sed de justicia. O de verdad. Pero es igualmente ganas de mantener el control. De la información. De la idea misma de bondad, de rectitud”.


EL PODER DEL SILENCIO

Por último, tenemos la novela de Serna Rodríguez. Su protagonista, Carlos Denegri, fue un reconocido periodista durante las décadas en que el PRI era un partido todopoderoso en México. Hombre corrupto y protegido por el régimen, no es de extrañar la vida de lujos que tuvo durante su estancia en Excélsior. Su palabra podía implicar un ascenso o la muerte política para casi cualquier funcionario público o candidato. Asimismo, su cercanía a la élite política y económica del país le garantizaba impunidad total, algo que a menudo requería debido a su vida escandalosa y el maltrato hacia sus parejas.


Hablamos, pues, de un personaje radicalmente opuesto a los de Palou García y Salinas Basave. Salvo por el momento en que sus escándalos, aunados a un cambio de régimen le cuestan su lugar en Excélsior, no puede hablarse de un personaje que labora en condiciones precarias; por el contrario, se trata de un hombre extremadamente rico. Tampoco puede decirse que se tratara de un periodista en un continuo peligro inminente, puesto que la única ocasión en la cual se sintió medianamente amenazado, bastó una llamada a Los Pinos para que le fuera asignada una escolta personal.


Con Carlos Denegri, la línea entre el poder político y el mediático pareciera difuminarse, pues aunque oficialmente es un periodista, de manera extraoficial opera como una especie de vocero del gabinete presidencial. Incluso cuenta con un archivo separado por carpetas de colores, mismas que el personaje utiliza para separar los secretos de funcionarios públicos y empresarios según el rango de éstos y de la gravedad del secreto. El vendedor de silencio, en pocas palabras, retrata al periodista de alta alcurnia, al que se encuentra alineado con el poder para garantizar su propio poder y riqueza. He seleccionado un pasaje de la novela que enuncia de manera clara y concisa mi propuesta sobre las clases sociales en el periodismo. Para dar contexto, Denegri se encuentra conversando con un viejo amigo, Jorge Piñó Sandoval, periodista que nunca se alineó al poder y, por tanto, jamás tuvo el nivel de rating que alcanzó el protagonista de la novela.


“—Está bien, hablemos al chile. —recogió el guante—. No es la primera vez que un periodista fracasado me vomita sus rencores. Pero explícame una cosa, Jorgito. ¿Qué culpa tuve yo de haber sido más inteligente que tú? Te cedí el papel de héroe durante quince minutos, y me quedé con el de triunfador, que me ha durado treinta años”.


La razón por la que propongo la hipótesis de la existencia de clases sociales en el periodismo es porque la vida contrastante entre unos y otros −en este caso, entre Carlos Denegri y las y los personajes de los otros libros− no puede explicarse por una simple jerarquía laboral. No sólo es que Denegri, como tantos periodistas de alta esfera del día de hoy, perciba un salario considerablemente mayor que el del resto de las y los periodistas; también posee un sinnúmero de privilegios sociales y conexiones, como buen integrante de la oligarquía mexicana.


Toda esa vida, evidentemente, contrasta con la de las y los personajes que habitan en Dispárame como a Blancornelas y Todos los miedos: ahí lo que existe son personalidades desesperanzadas (por temas de índole laboral, principalmente), o víctimas de persecuciones por parte de las autoridades. En pocas palabras, de un lado están las y los aliados −o quizá integrantes− del poder, y del otro las y los que son oprimidos por éste.


Son justo esos pasajes, en los que se aprecia a Carlos Denegri como un integrante más de la élite del país, los que nos recuerdan que los medios de comunicación constituyen el cuarto poder.


Su explicitación en la novela de Serna Rodríguez ciertamente no constituye un hilo negro, pero resulta interesante en un periodo histórico donde el discurso mediático trata de excluir a los propios medios como agentes del poder político.






Decía que la ficción puede ayudarnos a entender un problema complejo desde un ángulo que las estadísticas no pueden abarcar del todo. La ficción, con sus personajes, permite a las y los lectores introducirse en una réplica verosímil del ambiente en el que suceden −o podrían suceder− determinados hechos, así como acercarse a la lógica con la que operan las personas.


Ahora bien, tomando en cuenta la disparidad con la que se ejerce el periodismo y acercándonos a su sistema laboral, que genera distintas capas sociales entre las y los mismos profesionistas, cabe preguntarse si la importancia y apoyo que a veces se brinda hacia algunas y algunos integrantes de la élite periodística puede concebirse como una oposición al régimen político en curso.


Desde luego, no afirmo que los atropellos cometidos por los integrantes del Estado sean legítimos, ni contra periodista alguno ni contra el resto de quienes integran la sociedad civil. Sin embargo, ¿defender al alto gremio periodístico, por su mera profesión, es realmente una defensa de las libertades de prensa y de expresión? ¿Acaso dicho gremio no conforma una suerte de cima en el status quo de los medios? ¿No es precisamente esa élite informativa la que ha monopolizado por años la supuesta libertad de expresión en México? Si se desea pulir las libertades de prensa y expresión en el país, existen necesidades que, sin duda, deben atenderse con mayor urgencia que aquellas demandadas por la cúspide de los medios: la precariedad laboral en la que viven la mayoría de las y los periodistas, las persecuciones de las que son víctimas y la imposibilidad de hacer escuchar su voz, que ha sido opacada por una minoría privilegiada.