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La cultura de la cancelación. Las implicaciones políticas de la hipérbole


 

Ilustraciones: Abigail Moreno Esqueda

Por: Miguel Ángel Lapuente Franco


¿Cuándo se empieza a escribir un texto? La pregunta me asaltó al momento de planear la estructura de este artículo –pertenezco al grupo de quienes antes de sentarse frente a la computadora necesitan, al menos, hacer una escaleta para no perderse– y, al pensarlo un poco, me di cuenta de que difícilmente la respuesta podría ser “cuando se empieza a teclear”. 

Sospecho que tengo más tiempo escribiendo esto. Y si lo creo es también porque estos días he tenido presente una frase de Julián Herbert: “Uno no escribe para expresarse, sino para entender, y no hay comprensión donde no hay obsesión”.

Quizá he empezado a escribir este texto en varias ocasiones, y una de ellas puedo situarla en agosto del año pasado, cuando me encontré con dos casos que corrieron tanto por los medios de comunicación tradicionales como por redes sociales bajo una misma etiqueta: cancelación.

Dos casos antagónicos, una misma etiqueta

El primero es el de la regiomontana Jessica Fernández, conductora del pódcast Más allá del rosa, quien fue objeto de críticas en redes sociales por publicar videos y fotografías en los que posa junto con mujeres sobrevivientes del genocidio de Ruanda en 1994, a quienes conoció al viajar como invitada al Women Deliver Conference[1].

Los comentarios en contra de la influencer regia destacaron que, detrás de la voluntad de visibilizar las violencias sufridas por las mujeres tutsis, se encontraba la actitud clasista y racista propia de quienes representan el Síndrome de la Salvadora Blanca, además del aprovechamiento lucrativo de la desgracia de los menos favorecidos.

Tras disculparse por la selección de imágenes que realizó, Jessica Fernández declaró que había sido “objeto de violencia psicológica muy fuerte”, resultado de lo que calificó de “linchamiento digital”. 

El segundo caso es el de la banda de regional mexicano Yahritza y Su Esencia, cuyas declaraciones respecto de que no les gustaba la comida mexicana ni el ruido de la Ciudad de México provocaron indignación entre los usuarios de redes sociales, quienes no perdonaron a estos jóvenes mexicoamericanos[2].

Las reacciones en contra de la banda fueron claramente racistas y clasistas, al grado de hacer circular memes y comentarios en los que se comparó a sus miembros con changos y se les mostró “el nopal en su cara” como prueba de su incongruencia[2]. Al final, el grupo Yahritza y su Esencia canceló –literalmente– conciertos que tenía programados en diferentes ciudades de México[3].

Ilustraciones: Abigail Moreno Esqueda

Ser cancelado

Lo que me interesa aquí no es discutir si es válido servirse de imágenes que evocan el sufrimiento para aumentar los likes en nuestras publicaciones y extender nuestra esfera de influencia en las plataformas digitales, ni pretendo abrir el debate sobre los salvadores blancos y el altruismo a lo Bono. Tampoco es mi intención dialogar ahora sobre la virulencia que pueden adquirir el clasismo y racismo en nuestro México del siglo XXI.

Estos temas tan relevantes serán objeto de un futuro espacio. Mi obsesión ahora es más bien de tipo nominalista –si se me permite la pretensión filosófica–, ya que se cierne sobre el nombre que los medios, haciéndose eco de los usuarios de redes sociales, dejaron caer encima de dos casos diametralmente opuestos: ser cancelado.

Para salirme de la locura tautológica de intentar definir un concepto a partir de una búsqueda en internet, opto por la vía más sencilla: el diccionario. Elijo el Merriam Webster porque me parece que lo más acertado para intentar comprender qué significa ser cancelado es empezar por reconocer que nos enfrentamos a un fenómeno lingüístico cada vez más frecuente en esta era de tecnología digital: el calco del inglés.

Encuentro así dos acepciones interesantes del término cancel: “reducir a la nada, destruir”, y “retirar el apoyo a alguien, como una celebridad, o algo, como una empresa, públicamente y en especial en las redes sociales”[4]. En tanto que a la cultura de la cancelación se le define como “la práctica o tendencia a involucrarse en anulaciones colectivas [...] con el fin de expresar desaprobación y ejercer presión social”[4].

Al catalogar de la misma manera casos con diferentes connotaciones, los relativizamos. Poner la misma etiqueta no hace sino cerrarnos a las posibilidades de análisis y de politización.

Por definición, entonces, nos encontramos ante una práctica dirigida a borrar, suprimir, anular a quien antes encumbramos con nuestro apoyo. La admiración se transforma en desprecio y da paso al abandono como condición necesaria para el olvido.

He encontrado asimismo una perspectiva jurídica sobre la cultura de la cancelación, para la cual se trata de “un fenómeno social que se desarrolla en las redes sociales de internet que busca reprochar a aquellas personas que han asumido actitudes o comportamientos que son mal vistos socialmente, aun cuando dichas conductas no constituyen un delito”[5].

Esta idea se encuentra en línea con uno de los giros del término cancelar que más fuerza ha adquirido en años recientes: ser cancelado y cancelar a, que específicamente se dirige al acto de “anular a personas, en especial famosos, políticos o cualquier otro que ocupe un espacio en la opinión pública”, como resultado de declaraciones objetables o conductas que se consideran inapropiadas[6].

Ilustraciones: Abigail Moreno Esqueda

Hiperbolizar, relativizar, despolitizar

Uno de los mayores problemas con el término en cuestión es la ambigüedad que cabe en lo que se considera objetable o inapropiado. ¿Quién determina los parámetros tomando en cuenta la heterogeneidad y la pluralidad ideológica de cualquier sociedad?

Como hemos visto en los dos casos arriba citados, la cancelación designa bajo un mismo nombre dinámicas sociales disímiles y francamente antagónicas. No es lo mismo exponer el racismo latente en las acciones de una persona que insultar con expresiones racistas a una adolescente por el simple hecho de que no le guste una comida. Pese a esas diferencias, las dos mujeres fueron canceladas.

Al catalogar de la misma manera casos con diferentes connotaciones, los relativizamos. Poner la misma etiqueta no hace sino cerrarnos a las posibilidades de análisis y de politización. Me cuesta, también, abrazar las definiciones porque me parece que, lejos de ser algo tan rimbombante como un fenómeno social, la cancelación es una hipérbole, en tanto que exagera la magnitud de una situación. Cuando se pretende borrar de la faz de la Tierra –cerrar cuentas de redes sociales, retirar el saludo, despedir del trabajo, en suma, invisibilizar– al “transgresor”, la reacción –en tanto intento de castigo– es ya en sí hiperbólica.

Uno de los mayores problemas con el término en cuestión es la ambigüedad que cabe en lo que se considera objetable o inapropiado. ¿Quién determina los parámetros tomando en cuenta la heterogeneidad y la pluralidad ideológica de cualquier sociedad?

Con esto tampoco quiero obviar a Foucault. El punitivismo tiene un arraigo importante en la sociedad. El castigo todavía se concibe como una solución a diferentes problemas y seguro hay acercamientos críticos a la cancelación con el marco teórico del sociólogo francés. Sin embargo, tampoco me parece la mejor forma de entenderla. Más allá de las implicaciones que tenga pasar como punitivismo cualquier caso de cancelación –he ahí los dos ejemplos mencionados–, tenemos que abogar por un análisis que tome en cuenta las particularidades de cada uno y las relaciones de poder en las dinámicas que también atraviesan la deliberación pública. Creo –escribo esto con el miedo de ser cancelado– que el mismo Foucault apoyaría esta moción.

Lasswell (cancelado)

En la historia de los estudios de la comunicación hay una teoría que se conoce como la aguja hipodérmica. Planteada a finales de la década de 1920 por Harold Lasswell para explicar los efectos de la propaganda política, sostenía la idea de que las audiencias, en tanto masas, recibían los mensajes de los nacientes medios de comunicación masiva sin filtro, sin ningún tipo de cuestionamiento, y a partir de la información que a esa gran masa se le inyectaba, esta definía sus opiniones y sus acciones.

Este planteamiento, que asumía a las personas como agentes pasivos, terminó por ser refutado por teorías como la de usos y gratificaciones y, especialmente, por la Escuela de Palo Alto, cuyos estudios reconocieron la actividad de los receptores, su propia agencia y, por ende, su rol político.

(Para reivindicar la idea de que los medios de comunicación son una herramienta esencial para una sociedad democrática, no me parece mal que se asuma la agencia de las personas).

Si en algún momento dibujamos –creo que literalmente– modelos de comunicación unilaterales, ahora los contemplamos multilaterales. Y por eso surge la asociación de la palabra democracia con la forma en la que se ha desconcentrado la capacidad de emitir mensajes en el espacio público.

Si traigo esto a colación es porque resulta importante referirnos a los procesos de cambio que explican el contexto actual. A fin de cuentas, las interacciones mediáticas y las dinámicas de comunicación han cambiado notablemente a raíz de las nuevas plataformas sociodigitales. Si en algún momento dibujamos –creo que literalmente– modelos de comunicación unilaterales, ahora los contemplamos multilaterales. Y por eso surge la asociación de la palabra democracia con la forma en la que se ha desconcentrado la capacidad de emitir mensajes en el espacio público.

Las voces de la reacción

Este nuevo contexto, el de una deliberación pública de carácter más horizontal que en la era predigital, no es del agrado de todos. Son muchas las referencias que podemos hacer a las denuncias y quejas en torno a la degradación cultural y política por parte de intelectuales y diferentes actores. Estas me remiten a la idea del provincianismo histórico con que el argentino Santiago Gerchunoff se refiere a “la tendencia de una época a considerarse a sí misma como terrible y única al mismo tiempo”, que mediante la fórmula “en estos tiempos” (en los que ya nadie tiene vergüenza, en los que las palabras han perdido su sentido)[7] expresa su resistencia al cambio y esa melancolía por tiempos pasados que, sin embargo, nunca fueron mejores*.

De igual manera, estas reacciones –siguiendo con Gerchunoff– no dudan en advertirnos de la llegada “de nuevas enfermedades sociales: la devaluación del lenguaje, la divulgación de mentiras, el reino de la opinión y las emociones, el victimismo, el gusto por linchar, la ironía hipertrofiada...”[7]. Los responsables serían los “ofendiditos”, puritanos que están moldeando un mecanismo de censura y autocensura**.

Resuenan, por ejemplo, las palabras de Umberto Eco cuando sostiene que las redes sociales solo dan voz a una legión de idiotas, y más precisamente la del difunto Javier Marías, que en una de sus muchas columnas de El País escribió que las personas ofendidas eran responsables de generar un ambiente hostil contra las ideas, lo cual, en su opinión, era un primer paso hacia la censura: “Llevamos años haciendo caso a la subjetividad de cada cual, algo que, a la larga, nos impediría hacer ni decir nada. El mundo está plagado de personas quisquillosas y tiquismiquis, de finísima piel”[8], escribió el autor de Cuando los tontos mandan.

Ilustraciones: Abigail Moreno Esqueda

Una premisa primordial para un escenario de confrontación y debate es que todas las personas deben ser respetadas, no así sus ideas***. Me gusta esta forma de separar el respeto que se merece toda persona por ser persona y la reivindicación de refutar, confrontar otros argumentos. El ensayista Enrique Díaz Álvarez afirma que, después de todo, la democracia no es más que un sistema que lleva a aceptar el desacuerdo, por lo tanto, un proceso pedagógico. La pregunta es: “¿Cómo pretender erradicar el desacuerdo, el debate o el antagonismo a escala pública? ¿A quién le conviene el estancamiento o la inmovilidad?”[9].

El lenguaje (también es político)

Identifico algunos términos que nos pueden presentar algunos antecedentes históricos, los cuales revelan que no estamos ante un escenario inédito. Entre estos destaco corrección política. Diferentes movimientos de izquierda fueron los primeros en hacer alusión a este término, los maoistas en China y los comunistas en Estados Unidos durante la etapa de la Gran Depresión, con el objetivo de señalar todo lo que se salía de sus dogmas. 

Fue hasta los 70 que empezó a cobrar un significado más apegado al de la actualidad. Líderes de organizaciones feministas y de una izquierda más progresista, la cual resaltaba el multiculturalismo gestante en la etapa final de la Guerra Fría, se apropiaron y comenzaron a utilizar este término de manera literal e irónicamente para señalar cómo ciertas expresiones se distinguían por una carga ideológica[10]. 

Como simbolismo político se convirtió en un referente para la protección de la dignidad de personas y grupos sociales históricamente marginados. Las discusiones sobre los efectos de la corrección política, que primero se empezaron a gestar en las universidades, llegaron a los medios de comunicación y detonó puntos de vista que criticaban una censura cultural, lingüística y política[10]. 

Y no han cambiado mucho las cosas: en un sentido estricto de definición todavía se contempla como un concepto útil para describir un lenguaje que procura no ser peyorativo hacia grupos minoritarios y estructuralmente discriminados, al mismo tiempo que se contempla como una amenaza contra la libertad de pensamiento y de expresión. De ahí que se le integren palabras como tiranía y dictadura.

El uso retórico de la cancelación, por lo tanto, consiste en construir un encuadre que presenta ejercicios de crítica como actos de censura, punitivistas y autoritarios.

Vemos, pues, que esto no solo va sobre las protestas de quienes todavía hoy se resisten a entender que aun cuando las tecnologías digitales no han sepultado del todo a los medios masivos de comunicación, sí les han arrebatado la hegemonía en lo que se refiere a la conformación de la opinión pública. 

Quizá el meollo del asunto sea el reconocimiento de cómo reacciona un sector de la sociedad ante contextos en los que diferentes personas y grupos sociales se han dado la oportunidad de identificar y señalar que, a diario, nos cruzan mensajes que dañan y desprecian la dignidad de las personas. Mensajes que cruzan los espacios públicos –desde campus académicos hasta plataformas digitales– y que muestran formas de pensar y comportamientos misóginos, machistas, sexistas, racistas, clasistas, chauvinistas, malinchistas y todo tipo de manifestaciones discriminatorias. 

El uso retórico de la cancelación, por lo tanto, consiste en construir un encuadre que presenta ejercicios de crítica como actos de censura, punitivistas y autoritarios; mientras que su generalización nos impide identificar formas de violencia reales que se materializan en el debate público. Aceptar el término de manera literal conlleva el riesgo de asumir que las relaciones sociales –en un sentido estructural– cambiaron. Legitimar la rebelión liberal del raciocinio contra la tiranía de los “tiquismiquis”.

 

Miguel Ángel Lapuente Franco

Maestro en comunicación por la Universidad Regiomontana; profesor de periodismo en la Universidad de Monterrey (UDEM).

 

REFERENCIAS Y NOTAS


1 Suárez, M. (2023). ¿Clasista? Ella es Jessica Fernández, la influencer que está siendo cancelada tras viajar a Ruanda. Infobae. https://www.infobae.com/mexico/2023/08/16/clasista-ella-es-jessica-fernandez-la-influencer-que-esta-siendo-cancelada-tras-viajar-a-ruanda/

2 González, Z. (2023). Yahritza y su esencia: usuarios lanzan memes clasistas contra la banda que fue cancelada. Infobae. https://www.infobae.com/mexico/2023/08/03/yahritza-y-su-esencia-usuarios-lanzan-memes-clasistas-y-racistas-contra-la-banda-que-fue-cancelada/

3 Mata, H. (2023). ¿Les pegó la cancelación? Yahritza y su esencia cancelan conciertos en México tras ola de críticas. El Heraldo. https://heraldodemexico.com.mx/espectaculos/2023/8/12/les-pego-la-cancelacion-yahritza-su-esencia-cancelan-conciertos-en-mexico-tras-ola-de-criticas-529836.html

4 Merriam-Webster. (s.f.). Cancel. En Merriam Webster Dictionary. Recuperado el 7 de abril de 2024, de https://www.merriam-webster.com/dictionary/cancel?src=search-dict-box

5 Cabrera, K., y Jiménez, C. (2021). La cultura de la cancelación en redes sociales: Un reproche peligroso e injusto a la luz de los principios del derecho penal. Revista chilena de derecho y tecnología, 10(2), pp. 277-300. https://dx.doi.org/10.5354/0719-2584.2021.60421

6 Merriam Webster. (s.f.). What It Means to Get “Canceled”. Merriam Webster. https://www.merriam-webster.com/wordplay/cancel-culture-words-were-watching

7 Gerchunoff, S. (2019). Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas. Anagrama.

8 Marías, J. (13 de octubre de 2019). Contra la susceptibilidad. El País. https://elpais.com/elpais/2019/10/07/eps/1570465684_984883.html?event_log=go

9 Díaz, E. (2015). El traslado. Narrativas contra la idiotez y la barbarie. Debate.

10 Santana, J. (1997). ¿"Politically correct" o "lexically disadvantaged"? Los mecanismos léxicos de la corrección política en inglés y otras estrategias de ocultación lingüística de la realidad. En Luque, J. (Ed.), Teoría y Práctica de la Lexicología. IV Jornadas Internacionales sobre Estudio y Enseñanza del Léxico (pp. 319-345). Método Ediciones.

* Es esa melancolía de quien añora “mundos ideales ubicados en un pasado perdido/ robado/ abandonado” lo que Zygmunt Bauman ha denominado retrotopía. Bauman, Z. (2017). Retrotopía. Paidós, p. 8.

** Tomo el término “ofendiditos” que recupera Lucía Lijtmaer en su ensayo de 2019: Ofendiditos. La criminalización de la protesta social, publicado por Anagrama.

*** Estoy citando a alguien, el problema es que genuinamente no sé a quién.

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