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Entender el lenguaje para entender lo que somos

Filosofía del lenguaje en tiempos hipermodernos

 

Ilustración por: Jimena Pérez Ramos

Por: Adán Pérez Treviño


La mayoría de las personas que vivimos en el vertiginoso siglo XXI comprendemos y asimilamos que el lenguaje es un medio para la comunicación humana. Tanto, que poco nos ponemos a pensar en lo que es, y obviamos su definición, dando por hecho su inserción en la realidad humana sin escudriñar cómo es que esto sucede. Pero si quisiéramos detenernos brevemente a filosofar, podríamos hacernos algunas preguntas al respecto, por ejemplo, si es el lenguaje el que configura a la realidad, o si es la realidad –ya dada, establecida– la que configura al lenguaje. Parece una cuestión simple, ¿no?


Si bien hay ciencias empíricas que se ocupan profesionalmente del asunto, como lo son las ciencias de la comunicación, y particularmente la lingüística, éstas abordan el fenómeno desde sus manifestaciones, para comprender su estructura y variaciones. Sin embargo, la filosofía del lenguaje[1] aporta preguntas de mayor penetración, buscando su esencia, el ser mismo del lenguaje, y su lugar en la configuración del mundo, eludiendo el obviar su significado en pro de incidir en la médula de esta realidad humana: por qué se dice lo que se dice.


Aunque en la historia del pensamiento hay muchas semillas de este tema, –desde Platón con su diálogo Crátilo[2]–, el desarrollo de una filosofía del lenguaje, como tal, es de cuño más o menos reciente. Hay cierto consenso en reconocer que fue en 1879, con la publicación de Conceptografía[3], la ópera prima de Gottlob Frege, con la que éste ilustre matemático no solo revolucionaría la lógica, sino que caracterizaría un movimiento filosófico contemporáneo en torno al análisis del lenguaje. Más tarde figurarían en este rubro Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein, los pensadores del Círculo de Viena como Rudolf Carnap, y otros que llegan hasta nuestros días como Jürgen Habermas y Noam Chomsky, por mencionar algunos.


Hoy por hoy estamos ante grandes desafíos que ameritan meternos a fondo en este tenor, pues temas como el lenguaje incluyente –o inclusivo–, las nuevas formas de expresión que surgen a través de las redes sociales, o el empoderamiento de ciertas formas de lenguaje en razón del empoderamiento de ciertas ideas, retan al pensamiento contemporáneo y les exigen posicionamientos claros a los académicos y a los líderes de las instituciones sociales, entre ellas las universidades.


Pero sabemos –según la misma historia nos lo enseña, sobre todo en Latinoamérica– que detrás de los grandes desafíos sociales hay ideas, y hay quienes las idean. Para quienes nos dedicamos al estudio del pensamiento está por un lado la ideología, y por otro lado la filosofía. Mientras que la ideología se basa en sostener a toda costa una idea, a fin de imponerla, dándola por hecho y careciendo de un sustento argumentativo para ésta, la filosofía hace lo contrario, busca la lógica y el argumento, cuestionando a las ideas preestablecidas privilegiando a la pregunta inquisidora que no da por hecho nada[4].


Ilustración por: Jimena Pérez Ramos

No podemos negar que en nuestros contextos actuales estamos rodeados de ideologías de toda índole, políticas, religiosas, o culturales, entre otras. A veces se sostienen banderas conceptuales que incurren en diversas formas de fanatismo, y otras veces el afán por justificar ciertas identidades produce discursos en los que el uso del lenguaje deriva en apologías retóricas, demagogias o populismos, todos ellos carentes de fundamento real, y que solo suelen responder a determinados intereses, no siempre evidentes. Pero mientras haya verdadero razonamiento, un pensamiento lógico detrás de un debate, bases para la argumentación, entonces hay un fundamento y hay una filosofía detrás del decir.


Hacer filosofía es complejo, y por ello muchos se quedan en el recurso fácil del discurso ideológico. Pensar con filosofía implica el cuidado por la coherencia y evitar las contradicciones, y no solo entre un pensamiento y otro, sino también entre el pensar y el decir, y entre el decir y el actuar. Aquí entra la ética, no solo como parámetro del comportamiento, sino como disciplina filosófica.


Recordemos que la filosofía tiene varias ramas, ciencias filosóficas o “tratados” –como suele llamárseles para evitar el conflicto lingüístico con las ciencias empíricas– y la ética es la que trata los temas referentes al bien, la justicia y la dignidad, preguntándose no sólo por cómo actuar, sino por la naturaleza y razón de ser de cada uno de estos elementos.


Pero además de la ética tenemos a la estética, o ciencia de la percepción; a la epistemología, o tratado sobre el conocimiento; a la metafísica, que se pregunta por el ser y por lo real; a la antropología filosófica que busca penetrar en la esencia de lo humano y en el sentido de la existencia; por citar solo algunos de estos tratados que conforman a la –así llamada– “filosofía sistemática”.


Ilustración por: Jimena Pérez Ramos

Parte de la complejidad que mencionábamos estriba en las relaciones de coherencia que han de mantenerse entre una disciplina y otra. Lo que uno piensa sobre un tema en un tratado, impacta en lo que uno concluye sobre otro tema en otra rama del filosofar; por ejemplo, si uno define al ser humano de una forma al hacer antropología, tal definición derivaría en una corriente ética que le sea compatible, si se ha de ser congruente.


Dicha complejidad también se manifiesta en el hecho de que no existe una sola ética, o una sola metafísica, o una sola antropología; lo que tenemos son “corrientes” o escuelas de pensamiento, con diferentes bases argumentativas, y por ende nos encontramos con “filosofías” –en plural– y no precisamente con “la” filosofía –en unívoco o universal–. A esto hay que añadir que además se han elaborado filosofías “aplicadas”, o mejor dicho “situadas”. Aquí tenemos ámbitos como el de las filosofías de la cultura –o del filosofar situado en la cultura–, las filosofías políticas, de la religión, de la ciencia, y las que aquí nos competen: las filosofías del lenguaje.


Por lo tanto, existen posicionamientos variados para definir y caracterizar este elemento humano, que es base del comunicar y del entender. Simplemente, ante la pregunta ¿Es el lenguaje el que configura a la realidad, o es la realidad la que configura al lenguaje? No existe respuesta última o definitiva, lo que hay son diversas tradiciones o escuelas de pensamiento, cada una con sus premisas y su línea argumentativa. El caso más representativo lo encontramos en Ludwig Wittgenstein, autor que en dos momentos de su recorrido intelectual provoca dos tradiciones filosóficas diferentes, haciéndose controversia a sí mismo. En el estudio de su obra ya es común referirse a un primero o a un segundo Wittgenstein[5].


¿Es el lenguaje el que configura a la realidad, o es la realidad la que configura al lenguaje?

Por otra parte, cada época va marcada por tendencias en los modos colectivos de pensar, y en las formas de comunicar lo que se piensa. Hoy vivimos en un momento histórico en el que predomina lo efímero, el cambio constante, o como diría Gilles Lipovetsky, estamos en una era de modernidad que se moderniza recurrentemente a sí misma, una era “hipermoderna”[6] en la que se privilegia la idea de la construcción social y de la reconstrucción permanente.


En este sentido, hay tendencia en afirmar que el lenguaje es un medio configurador de la realidad de nuestro entorno, puesto que se asume que la realidad es cambiante; mas una pregunta que persiste en los ambientes académicos de la filosofía es: ¿Cómo es que el lenguaje, siendo constructo, construye?


Aunque en primera instancia ésta pareciera una pregunta simple, implica un trasfondo antropológico que, por un lado, detona a la pregunta misma, y por otro conlleva a una serie de consecuencias éticas, pues según la respuesta que se dé, será el modo en el que nos enfrentemos a la realidad social, y será la forma en que tomemos decisiones en torno a nuestra propia realidad personal.


Ilustración por: Jimena Pérez Ramos

Aquí emergen las relaciones a las que hacíamos referencia, ya que una pregunta por el lenguaje no es una pregunta que pueda ir sola, sino que habrá de acompañarse de muchas otras, de índoles metafísica, epistemológica y antropológica. Al menos, ésta va a la par de una pregunta por la realidad, y una pregunta por lo humano: ¿Qué es lo real? ¿Cómo se determina lo que es real y lo que no? ¿Qué es el hombre? –en lo genérico del “ánthropos”, y no refiriéndonos a varones–, y ¿Cómo es que el hombre se enfrenta a la realidad y se inserta en lo real?


En términos metafísicos, hay quienes ven a la realidad como algo prioritariamente estático, ya dado –quizá por un creador, o por la naturaleza misma que ya está–, donde nosotros solo estamos; pero hay quienes consideran en lo real un dinamismo, mediante el cual nosotros, los humanos, protagonizamos la creación de realidades, hacemos realidad. Así pues, para contestar las preguntas filosóficas por el lenguaje, su papel en la transformación social, y si ésta es realmente posible o no lo es, hemos de posicionarnos intelectualmente: o enfatizamos lo estático, o enfatizamos lo dinámico.


De las visiones que optan por subrayar lo estático se desprende el afán por hacer del lenguaje algo preciso que nos lleve a entender el mundo de modo universal. Es ahí donde algunos teóricos de la ciencia empatizan con los llamados “filósofos analíticos” que basan sus especulaciones en el análisis del lenguaje para postular que éste sea “Un mapa de la realidad”[7]. Por su parte, algunos científicos estructuralistas también llevaron esta premisa a la consideración del mundo como “Un mundo-partitura”[8] el cual habría que aprender a leer o decodificar mediante el conocimiento y manejo preciso del lenguaje, como quien aprende a leer música para interpretarla o comunicarla.


Por otro lado, de las visiones que optan por subrayar lo dinámico de la realidad[9] se ha desprendido posteriormente la idea de que, si el lenguaje es un constructo social, hay que utilizar su dinamismo para empoderar socialmente ciertas formas de lenguaje, y con ello construir mejores realidades históricas, o transformar la realidad mediante lo que se dice de ella[10].


De las visiones que optan por subrayar lo dinámico de la realidad se ha desprendido la idea de que, si el lenguaje es un constructo social, hay que utilizar su dinamismo para empoderar socialmente ciertas formas de lenguaje.

Ahora bien, más allá de todo esto, entender al lenguaje, desde una u otra tradición filosófica, no sólo nos posiciona en nuestra forma de interpretar al mundo, de trabajar en él, sino que nos sitúa en un modo de comprendernos a nosotros mismos. Ante la vieja pregunta ¿Quién soy? hecha a conciencia y no para contestarse solo con un nombre –“Soy Adán”, por ejemplo–, hemos de respondernos hurgando en nuestra humanidad. Lo que diga que soy, depende de lo que diga que es el hombre, de lo que diga que es lo real, y de cómo conciba al lenguaje, con el que digo lo que digo.


Y tú, apreciable lector, ¿Quién dices ser? ¿Qué es para ti el lenguaje, con el que dices ser quién eres? ¿Cuál es tu postura filosófica? ¿Tienes una antropología propia, con argumentos, o simplemente cuentas con un discurso ideológico? ¿Podremos construirnos, o ya estamos hechos? Estudiemos el tema, lancemos preguntas, hagamos algo de filosofía del lenguaje y recuerda que, en última instancia, entender al lenguaje es entender lo que somos.


 

Adán Pérez Treviño

Maestro en Estudios Humanísticos por el Tecnológico de Monterrey (ITESM), con estudios superiores en Filosofía y Teología por la Universidad Pontificia de México (UPM); profesor de Filosofía del lenguaje, Ética social y Antropología filosófica en la Universidad de Monterrey (UDEM).

 

REFERENCIAS


1. Véase: Conesa, F., & Nubiola, J. (2002, 2a. ed.). Filosofía del lenguaje. Herder; y De Bustos, E. (2011, 6a. ed.). Filosofía del Lenguaje. UNED.

2. Platón. (1992, ed.). Crátilo, en Diálogos (Tomo II). Gredos, pp. 363-461.

3. Frege, G. (1971, ed.). Conceptografía / Los fundamentos de la aritmética / Otros estudios filosóficos. IIF-UNAM.

4. Véase, por ejemplo: Ellacuría, I. (2009). Ideología e inteligencia, en Cursos universitarios. UCA Editores; o Ellacuría, I. (1991). Función liberadora de la filosofía, en Veinte años de historia en El Salvador (1969- 1989). UCA Editores, pp. 93-122.

5. Wittgenstein, L. (2009, ed.). Tractatus Logico-Philosophicus; Investigaciones filosóficas; Sobre la certeza. Gredos.

6. Lipovetsky, G., & Charles, S. (2006, ed.). Los tiempos hipermodernos. Anagrama.

7. Véase el Tractatus Logico-Philosophicus en: Wittgenstein, L. Op. Cit.

8. Lévi-Strauss, C. (1958, ed.). “La estructura de los mitos”, en Antropología estructural I. Barcelona, Paidós, pp. 234-235; y De Saussure, F. (1968, ed.). Curso de lingüística general. Buenos Aires, Losada.

9. Zubiri, X. (1989). Estructura dinámica de la realidad. Alianza.

10. Ellacuría, I. (1991, ed.). Filosofía de la realidad histórica. Trotta.

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