“Entendemos única y exclusivamente a partir de una red de recuerdos colectivos que son...

de una u otra manera, la propia historia, la historia no oficial”: Nona Fernández



Por Miguel Lapuente




Leer y platicar con Nona Fernández confirma que todo ejercicio literario plantea un diálogo con la historia o establece un parámetro para entender un espacio temporal. Los libros, como cápsulas del tiempo, registran ideas y memorias que se materializan a través de la lectura y suscitan interpretaciones y preguntas. La obra literaria de la escritora chilena recupera una función esencial de la historia, la cual tiene como objetivo contextualizar el presente y reflexionar sobre el rol de la memoria: ¿puede ser esta una herramienta colectiva para combatir una narrativa oficial impuesta?


¿Cuál es la relación que tiene la memoria con la literatura?


Yo creo que toda la relación. Cada vez que abrimos un libro hay un espíritu que sale, el espíritu de una época, de un autor o de una autora, que escribieron ese libro pero que están dando cuentas también de un momento histórico, de una atmósfera histórica, de un espacio, de un pensamiento, de una intimidad, de una época, de una memoria. Los libros son ese regalo que nos permite acceder a los pasados más increíbles y aprender de esos espacios, a tener una idea de lo que fueron. Creo que la relación de la literatura con la memoria es completa, incluso cuando los libros no son específicamente históricos. Cada uno trae un pedazo de memoria.


Recuerdo un poema de Borges que decía que la memoria era individual y que la memoria estaba hecha, en buena parte, de olvido. Un poco en contrasentido, tu obra reivindica el ejercicio de la memoria como un acto político que también se puede hacer en colectividad.

Recordar es un verbo, por lo tanto una acción instalada en el presente. Muchas veces se llega a pensar que el ejercicio del recuerdo es meramente por el ejercicio del recuerdo. Tenemos esta frase que dice: “todo pasado fue mejor”, aunque no sea necesariamente así. Recordar es un acto que nos obliga a enfrentar el pasado con el presente.


Creo que el recuerdo no tiene ningún sentido si no tiene esta confrontación con el presente. Y si bien es un acto individual, el recuerdo de cada una y cada uno es como una huella digital, es imposible transferirlo, nadie sabe cómo recordamos cada uno, pero sabemos que en la red colectiva podemos, entendiendo que no existe un recuerdo único clausurado, tener un recuerdo colectivo y, de esa manera, entendernos como sociedad, como colectivo. Porque no nos vamos a entender como colectividad a punto de recuerdos personales,

entendemos única y exclusivamente a partir de una red de recuerdos colectivos que son, de una u otra manera, la propia historia, la historia no oficial.


En Voyager (2020) relatas como tu hijo a los 17 años fue censurado en su escuela, no le permitieron expresar un discurso que había elaborado sobre la democracia en Chile y creo que esto también se relaciona con los hoyos negros de la memoria: el olvido no siempre representa una ausencia, sino la imposición de una realidad alterna.

Yo estaba escribiendo el libro y de pronto mi vida personal se unía a la literaria. Sentí que ahí había una manera muy gráfica de explicar cómo estamos guionizados por unos puntos de vista, cómo hay un gran marco hegemónico que guía nuestros recuerdos. Tenemos una manera de recordar los hechos de nuestra colectividad que ha sido impuesta, que ha sido heredada y esa manera de ver las cosas la hemos interiorizado a tal grado que no somos capaces ni siquiera observar con una mirada crítica por qué está adentro nuestro.


Hay que observar esos guiones con sospecha para ver qué es lo que no se nos está mostrando, cuántos olvidos se nos están imponiendo. Los términos históricos y sociales están pautados por los poderes hegemónicos y por eso debemos de poner el ojo en lo que se nos oculta, no en lo que se nos muestra.

Centrarnos en las causas de la desigualdad y no en la narrativa del progreso...


Claro, la pandemia abrió una ventana para ver la precariedad que hemos tenido siempre, pero que se nos ha vendido de manera distinta. Acá estamos viviendo una revuelta social histórica que alude al guión neoliberal, capitalista y productivista que nos ha definido durante décadas. Se ha impuesto la idea de que somos un país ganador, el jaguar de Latinoamérica, que aquí estamos todos muy bien y que somos los pioneros del progreso latinoamericano. Tanto es así que muchos países como Perú, Colombia, Argentina miran con deseo el modelo y tratan de copiarlo. Pero es un modelo mentiroso y a partir de las revueltas sociales ha quedado en manifiesto: la ciudadanía salió a la calle a decir “no más”, “necesitamos algo de dignidad para poder ejercer nuestras vidas”.


Estamos precarizados en todas las áreas: pensiones, educación, salud, movilización, en las viviendas, en todo, no hay lugar de nuestras vidas donde no esté el poder precarizándonos y abusando de nosotros. “Chile despertó”, fue la consigna. Hemos entendido que el guión es una mentira.



¿Qué tanto a partir de las movilizaciones y las protestas se ha evidenciado la resistencia que hay por parte de ese sistema hegemónico neoliberal, el cual se distingue por su incomodidad en la confrontación de ideas y suele descalificar un proceso de politización aludiendo a una polarización que pone en riesgo la estabilidad?


Yo creo que cuando se llega a una normalidad o una estabilidad hay que volver a entrar al ejercicio de la sospecha. Cuando algo parece normal es porque algo no está funcionando, está siendo cubierto por esa capa de normalidad. Es un poco lo que pasa con la pandemia, que de pronto la normalizamos y pareciera que no importa cuántos muertos o enfermos haya porque se normalizó y las cosas siguen funcionando: la gente logra trabajar como si no estuviésemos observando una catástrofe. En Chile tuvimos una revuelta social muy intensa y en ese momento hubo un colapso de la normalidad. La clase política, la clase dirigente no entendía cómo volver a los nuevos códigos. Y tuvimos muy mala suerte porque la pandemia ayudó a eso, nos encerró, nos tuvo que tranquilizar, no nos dejó seguir en la calle, la única herramienta de presión para ir ejerciendo cambios o posibilidades de cambios. En este sentido, el statu quo se alió con las normas de la pandemia y ya llevamos más de un año con toque de queda. Se han enredado las medidas de control con las medidas sanitarias para poder contener a la ciudadanía.


Aunque tuvimos un gran suceso que fue el plebiscito en el que la ciudadanía se manifestó por construir y escribir una nueva constitución, un nuevo mapa, considerando que la constitución que ahora nos rige la redactó Pinochet -si bien no la redactó él, se entiende. No hay nada más simbólico que eso para entender el tipo de democracia que hemos tenido.

Se está haciendo un ejercicio de locura para poder disputar ese espacio, pero también es una muestra más de cómo la hegemonía sigue intentando controlarlo todo. Luego de la revuelta hemos visto cómo los medios de comunicación intentan normalizar todo, son las mismas caras las que están en el debate político, nuevamente las voces disidentes están fuera, no tienen participación y como que hay una especie de gatopardismo: toda la sociedad quiere cambiar pero quiere cambiar para volver a lo mismo. Estamos en esa disputa.


La redacción de la nueva constitución se realizará de manera paritaria, es un primer paso para esperar un documento con perspectiva de género.


Esa es la idea, esa es la fantasía que tenemos, pero también hay que pensar que el patriarcado está lleno de mujeres. El hecho de que sea paritaria fue un trabajo de relojería y de gran impulso del mundo feminista, el cual ha sido uno de los grandes motores de esta revuelta social. Sin embargo, eso no quiere decir que todas las mujeres que están ahí trabajen con óptica de género. No todas las mujeres son todas las mujeres. Pero para Chile es un tremendo avance porque si ya tenemos la escritura de una constitución paritaria, no hay pie atrás: nosotras lo que queremos es tener un poder judicial paritario, un gobierno paritario, un congreso paritario.


Es un símbolo al que ya no vamos a renunciar y lo vamos a exigir en cada una de las instituciones que son importantes para la organización del país. Creo que eso, sin duda, pese a que no es garantía necesaria de cambio porque el mundo conservador está lleno de mujeres también, es un gran logro. Es una gran apuesta hacia el futuro.

El patriarcado nos atraviesa a todos, en parte, porque representa una hegemonía cultural. Y en este sentido, me llama la atención el rol que tienen las mujeres en tus historias: personas inteligentes, políticas, ajenas a la idealización del romanticismo. ¿Ahí también hay una batalla, no?


Lo que estamos haciendo acá en Chile es disputar un paradigma cultural. Hablamos del neoliberalismo, que es un sistema económico, sin duda, pero en rigor es un sistema cultural. Y es lo mismo con el patriarcado. En relación al ejercicio de mi escritura, siempre hay una intención de ir en contra la mirada hegemónica que nos pone a las mujeres por fuera de los movimientos políticos, que nos pone en un segundo lugar pensando en la sociedad, pensando en la humanidad, dirigiendo nuestras vidas. Normalmente lo que el poder hegemónico conlleva, junto con mucho trabajo literario, es la imagen de mujeres que siempre están soñando su vida en relación a un hombre o sufriendo por amor, donde se determinan sus vidas, deseos y movimientos. Mi ejercicio ha sido un poco distinto porque también es parte de lo que soy. Quienes escriben lo saben: no hay nada más personal que los escritos que una haga aunque cuente otras historias o se disfrace. Gracias a otras miradas, a mi aproximación al feminismo y a observarme dentro de una lógica neoliberal y patriarcal se le va poniendo más intención. Dentro de lo que el trabajo literario permite, porque a mí tampoco me gustan los trabajos con una discursividad absoluta, sino que se vaya tejiendo a partir de la literatura.


Y en Voyager (2020) era fundamental la figura de mi madre, que es una madre a contracorriente, que nunca me lo pareció pero que evidentemente es eso: una mujer que decidió tener una hija sola, que nunca le desacomodó la idea de ser madre soltera, que nunca necesitó a un caballero para organizar su vida, una vida muy común y corriente. Mi madre no es una héroe, es una señora que hizo su vida y no le fue fácil. El libro se construye a partir de su historia que, sin duda, lleva un discurso feminista instalado.

Como lector identifico este punto de encuentro entre escritoras latinoamericanas. ¿Percibes una conexión entre lo que está exponiendo la literatura y el fortalecimiento del movimiento feminista?


Ese vínculo entre literatura escrita por mujeres y el movimiento feminista es una duda que siempre tenemos. Encuentro interesante, y siempre lo he dicho, que las mujeres están escribiendo desde hace mucho tiempo, el tema es cómo se ha visibilizado. Yo te digo, creo que las mujeres hemos tenido mucha responsabilidad en hacer circular a las mujeres. Ahora tenemos más focos puestos, algunas, pero durante mucho tiempo yo recibía los libros de la Mariana (Enríquez) porque alguien había viajado a Argentina y me decía que había una súper autora y yo la leía, se las presentaba a mis amigos y así sucesivamente. Recuerdo muy bien que en México alguien me pasó un libro de la Cristina (Rivera Garza) y me dijo: "la Cristina es seca, tienes que leerla". Una la va leyendo y empieza a enfocar.


Hay un movimiento escritural hecho por mujeres que está activo y efervescente. También es una escritura más arrojada, más loca, como que tiene menos que perder y eso está ocurriendo desde hace mucho tiempo. Creo que efectivamente el movimiento feminista latinoamericano, que ha sido crucial y ha sido hermoso y ha sido una explosión enorme, ha tenido que ver con que a estos ejercicios escriturales se les observe de otra manera. Porque como lo sabemos, parte del gran marco hegemónico del poder, el mercado, que es uno de nuestros grandes poderes, todo lo coopta y quiere tener la moda del feminismo. Entonces se encarga que eso también sea una moda.

Así como tenemos las chapitas revolucionarias que se transforman en mercado, la escritura de la mujer se transforma en mercado. Lo que no quiere decir que toda esa escritura sea realmente interesante o feminista. De hecho, ¿cuántas compañeras que han sido una súper venta no tienen nada de feminismo? Esto sigue repitiendo la misma lógica patriarcal de toda la vida y las mismas lógicas de producción y mercantiles. Más bien los feminismos han hecho que se nos observe de otra manera, con un lugar de trampa también. Pero lo bonito que ocurre es que hay cierta conciencia del mundo literario de tomar en cuenta que la escritura hecha por mujeres no es necesariamente un segmento, que la literatura debiese ser un espacio democrático donde las autorías vayan estableciendo los gustos, las preferencias y no los géneros. No si soy hombre o mujer, que me parece muy básico. Y más en un momento en el que estamos intentando descomponer límites de todo tipo. Estamos

aburridos de la frontera, de los muros, de las razas, de los géneros. Se nos imponen tantos límites para controlarnos que yo creo que lo más bonito es el desbande absoluto.