El racismo no existe






Por: Zaida Carolina Martínez Arreola


“En México no hay racismo, hay clasismo”, dicen. También dicen que hay personas “resentidas” que quieren meter el racismo en todo. ¿Cómo puede existir? Si las instituciones gubernamentales y las empresas se pronuncian en el Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, y ya tienen en su nómina a una persona indígena, negra, afrodescendiente o “morena”; si sus redes sociales están inundadas de flyers o carruseles con temas de inclusión y promoción del respeto; si ya tenemos representantes políticos diversos, e incluso las reformas electorales exigen la visibilidad y participación de “minorías” como personas indígenas en los puestos de representación.


¡No existe! Incluso hay instituciones públicas y privadas que tienen escrito en una placa: “En este lugar no se discrimina por motivos de raza, religión, orientación sexual, condición física o socioeconómica ni por ningún otro motivo”.

Aunque es confuso: a veces leo y escucho que el racismo no existe, luego en medios veo casos expresos de odio hacia personas indígenas, negras, afrodescendientes o “prietas”. Recuerdo el caso de una mujer migrante salvadoreña que fue asesinada por la policía de Tulum, Quintana Roo. ¿La mataron porque se veía “peligrosa”?


A raíz de las olas migratorias en Nuevo León, se dice que “hay que tener cuidado porque nada más vienen a robar aire, empleos y espacio, y que en cualquier momento, la cosa se puede poner fea y nos pueden comenzar a saquear”. Eso tampoco tiene que ver con el racismo, es una cuestión de “cuidarnos entre neoleoneses”.

Racismo no es, dicen.

Tampoco lo es el caso reciente del adolescente indígena de una comunidad proveniente de Amealco, quien fue rociado con alcohol y quemado por dos compañeros de su aula, y que además sufría burlas y acoso por el hecho de no hablar español. No hubo racismo de sus compañeros, ni de su maestra, quien “olvidó” avisar a los padres, tampoco del gobierno y el cuerpo educativo, quienes minimizaron la acción.

La negación del racismo en México no solamente se estructura a partir de la opinión pública cotidiana en torno a acciones o coyunturas concretas, sino desde los medios masivos de comunicación, los cuales juegan un rol toral en la reproducción del mismo. En este contexto seguir escuchando a figuras públicas decir “No hay racismo en México” se torna un ejercicio cada vez más cansado. Lo peligroso es el referente que encuentran muchas personas ante tal afirmación.

El racismo existe cuando se nombra, no cuando se ejerce. Existe cuando se vuelve tendencia internacional, cuando se denuncia y se vuelve mediático, entonces vemos a las organizaciones sumándose al discurso antirracista, haciendo eventos para la inclusión y platicando sobre lo interculturales que son, visibilizando y “dando voz” a la gente que “no la tiene”.

Es preocupante la seguridad con la que se niega la existencia del racismo en México, y a su vez, los sucesos que contradicen en su totalidad este enunciado, las prácticas cotidianas que no corresponden a lo que está en el papel y en los discursos vacíos que afirman la inclusión.

He escuchado hasta el cansancio que los “pobres” son peores, que “discriminan igual que nosotros o peor”, y que lo que existe en México es más bien clasismo. ¿Acaso no hay en la clase intrínsecamente patrones de discriminación “racial”? Esta premisa de que las personas “pobres” son aún más racistas suena más a una manera de justificar el odio que reproducimos diariamente, ya sea a través de nuestro discurso o acciones; y cómo no, si desde nuestras infancias hemos escuchado que nadie quiere ser “prieto” ni mucho menos “jodido”. O se tiene una o se tiene la otra, pero si se tienen ambas, Dios te cuide.

Y luego la industria de la concha nácar se hace popular, marcas “finas” como Gucci o Louis Vuitton comienzan a ser accesibles, quizá esos elementos que porta “la gente que puede”, les haga verse menos “diferentes”, probablemente con eso se les discrimine menos o la violencia racista disminuya.


Pero nunca es suficiente: “El naco que se quiere ver rico”, “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”, “¿Por qué si el cadenero es “prieto” no me dejó entrar al antro fresa de Centrito Valle?”, “¿Por qué el policía detiene o se aprovecha de personas que son igual que él o de su “clase”? Con esta serie de enunciados, se entrama discursivamente la manera en que el racismo opera como estructura a una escala multinivel.


El racismo existe porque propicia la reproducción y perpetuación de estas formas de pensamiento y violencia en toda la población. A esto nos referimos cuando aseguramos que el racismo es un problema estructural. Y todavía, en este marco, existe la expectativa de que las personas que sufren este tipo de violencia levanten una bandera antirracista o estén deconstruidas; existen factores como el ingreso y el uso del tiempo, así como una serie de contextos particulares que no necesariamente propician la participación en este tipo de movimientos.

Las élites y grupos de poder tejen una cortina de acero transparente tan fina que es casi imposible de notar. Se niega la existencia del racismo porque no se experimenta. Empero, el debate nunca estuvo en estudiar su reproducción desde lo individual, sino en poner la lupa en esa estructura que promueve una segregación sistemática más allá de todas las campañas de inclusión.

El racismo sistémico opera desde la configuración de los espacios y cómo nos autodefinimos y autopercibimos a partir de ciertas experiencias y espacios. El comentarista Pablo Majluf, en una polémica intervención en La Hora de Opinar, aseguró que el movimiento antirracista se abasteció de políticas de identidad posmoderna. En una respuesta a su intervención, la escritora Yásnaya Aguilar Gil escribió que “ojalá fuera un asunto de identidad”, bastaría con dejar de nombrarse “indígena para dejar de sufrir tratos violentos y abusivos”.



¿Y cuál es la trascendencia de esta discusión? Sobre todo cuando la mayoría se sigue identificando con lo que dice Majluf o algún otro personaje como Chumel Torres. Aseverar con tanta seguridad que el racismo en México no existe y es más una cuestión de clase, habla de un profundo desconocimiento histórico de la conformación de la sociedad “mexicana”.


Quizá este texto tenga menos trascendencia que las declaraciones de Majluf y menos influencia que los textos de Yásnaya, pero no puedo dejar de insistir: pensemos las formas transparentes o silenciosas de su reproducción, de cuestionar los sistemas que entraman esta práctica y ver con lupa los procesos que permiten estas acciones.