Conversando sobre la desintegración de la URSS ¿Qué ‘historia’ queda por contar?

Por Jacobo Molina y Miguel Ángel Lapuente




El 26 de diciembre de 1991 se anunció oficialmente la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Aunque conflictos de carácter independentista, acompañados de una crisis económica, eran más que evidentes a los ojos del mundo, no dejó de ser una sorpresa la caída de uno de los grandes “imperios” del siglo XX.

Su desaparición significó la victoria definitiva (real o no) para un sector amplio de occidente, especialmente para Estados Unidos (EUA), mientras que en muchos países que formaban parte o estaban alineados a la URSS se detonaron crisis económicas y humanitarias.


La Guerra Fría había terminado. Un sistema económico, genéricamente referido como “capitalismo”, se había impuesto sobre el otro, genéricamente llamado “comunismo”. ¿Cómo ha cambiado el mundo desde entonces? ¿El triunfo del “capitalismo” es definitivo? ¿Sigue siendo válida la tesis del politólogo norteamericano Francis Fukuyama sobre “el fin de la historia” o aún quedan páginas por escribir sobre las ideologías? Para responder estas preguntas conversamos con:


















30 años después, ¿cuáles son las implicaciones más trascendentes de la desintegración de la Unión Soviética?

RM: Para el orden internacional, la pérdida de la estabilidad (irónicamente) bipolar. Para Rusia y varios países postsoviéticos, una crisis en todo sentido: cayó el 50 % del PIB en cinco años, se fueron en picada los indicadores sociales, proliferó una política atomizada de grupos oligárquicos. Algunas ex repúblicas soviéticas continúan en guerras hasta la fecha. En general, implicaciones más negativas que positivas, lo que se palpa también en la abrumadora nostalgia por la estabilidad socialista según cientos de encuestas.


PZ: Sin duda, la que más repercute es el desplazamiento del horizonte del socialismo hacia un espacio transversal a todos los partidos y sectores llamado la “izquierda”. Este espacio siempre fue considerado como un sinónimo ligado al horizonte del socialismo, es decir, se encontraba atado a un programa en mayor o menor medida delimitado claramente de otros. Sin embargo, esa relación fue experimentando un vaciamiento constante. Lo que hoy tenemos es un tipo de género político transversal llamado “izquierda”. Un espacio de referencia más bien amorfo y múltiple para la acción política.


¿Qué representó esto para la parte occidental capitalista alineada a EUA?

Parte de la narrativa y argumentación que vemos hoy en día insiste en que el socialismo es un sistema fracasado, a diferencia del capitalismo. ¿Se puede asumir un triunfo de su parte o de qué otras formas lo podemos interpretar?


PZ: Lo que sucedió fue que formas determinadas de centralización del capital, que surgieron en condiciones ligadas a un desarrollo específico del proceso material del trabajo, no lograron adaptarse a los cambios en dicho proceso que empezaban a ser evidentes a partir de la década de los 70. El caso chino y vietnamita son interesantes al respecto, ya que muestran formas políticas que lograron adaptarse a la diversificación de la acumulación de capital manteniendo un alto grado de centralización y planificación dentro de las determinaciones históricas en las cuales les toca desenvolverse. En este sentido limitado también podemos ver que la acumulación descentralizada de capital pudo ser más eficiente en adaptarse a la necesidad de diversificación de acumulación que el desarrollo de las fuerzas productivas impuso al conjunto del metabolismo social. De allí la idea simplona de que el capitalismo haya ‘ganado’ sea un lugar común.


RM: Es curioso: Rusia es el perfecto ejemplo de que lo que unos vieron como triunfo fue un desastre. Esos indicadores económicos y sociales en la década de los 90 crearon una anomia social, precisamente, porque entró de un día para otro el sistema opuesto, el capitalismo neoliberal rampante. Boris Yeltsin dio a toda la población cheques que crearon una burbuja de la que se beneficiaron una decena de oligarcas. Rara vez tuvo Rusia en su historia una crisis de esa magnitud fuera de tiempos de guerra. En Rusia se le ve, no sin razón, como una década perdida, que se prefiere olvidar. Y precisamente de ese caos surge el “fenómeno Putin”. En Rusia y otros países postsoviéticos (y otros poscomunistas) ese “triunfo” fue lo peor que pudo haber pasado a más de una generación. Se entiende sólo con ver los indicadores de antes y después de 1989.


La caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética detona varios análisis, entre ellos el de Francis Fukuyama: “el fin de la historia”. ¿Cuál es el legado de esta idea?

RM: Es una idea arrogante, occidentocentrista, famosa por su simpleza pero tan simple como mediocre, que todos los días se cae por su propio peso. Ni siquiera hay que poner a Rusia como ejemplo en este caso. Ahí están las ansiedades de los propios Estados Unidos o del actual Reino Unido. Por no hablar de, ¡qué se yo!... Libia, Filipinas, Haití. Es la idea perfecta para quien no ve más allá de su entorno, incluso cuando ese entorno pasa por una profunda crisis de identidad.


PZ: A este autor se lo tiende a desestimar mucho en el ámbito del socialismo por la frase que lo hizo famoso a comienzos de los 90. Sin embargo, si uno lee lo que escribió, se da cuenta de que él se coloca en una tradición que piensa lo político más a partir del concepto de reconocimiento que como monopolio de la violencia. Piensa la raíz de la política como un proceso de reconocimiento de otro. Son planteamientos que se conectan directamente con la tradición hegeliana. En este sentido, es interesante tomarlo con mayor seriedad, porque el hecho de que la historia se haya acabado no significa para él que no vaya a cambiar nunca nada más en el mundo, sino que la dinámica política dominante va a pasar a ser la de la estatización de las parcialidades identitarias; la del reconocimiento estatal de las otredades, con el objetivo de incorporarlas al juego de acumulación de capital. Y considero que ese planteamiento no es nada superficial.


¿Cómo evaluar la vigencia de las ideas de Fukuyama, tomando en cuenta el estado actual de las democracias liberales?


PZ: Hoy podemos observar a partidos de todo tipo tener prácticas de reconocimiento de la diversidad. Aquí en Argentina el movimiento peronista, surgido del catolicismo nacionalista, es uno de los espacios más abiertos a las diversidades en la actualidad. Hasta un partido de centro, conducido por empresarios y figuras de organizaciones civiles conservadoras, inaugura estatuas de Ho Chi Minh en plazas municipales, recordando la lucha contra el colonialismo. Asistimos a un ejercicio del poder que se reconstruye a sí mismo mediante un collage ecléctico, con las piezas rotas de los grandes relatos.

RM: Dichas ideas son una teleología. Nadie puede leer el futuro. Volteemos a las “democracias liberales” en Reino Unido y Estados Unidos, pero también en India, en Chile, en Hungría. Por doquier se decreta el fin del fin de la historia. Por eso hay que concentrarse en lo que ocurre y por qué ocurre, en vez de hacernos ideas en la cabeza y luego externarlas al mundo. Se necesita más trabajo de campo que regresiones y abstracciones para entender el orden local y el internacional.


¿Qué balance se puede hacer sobre la tercera vía?

RM: Es curioso: parece que la tercera vía se alza entre las ruinas de “izquierda” y “derecha”. No porque se decante, como ocurrió desde 1945 hasta 1970, por un Estado fuerte, sindicatos fuertes, impuestos altos o regulaciones constantes, sino porque, desde la crisis de 2008, el panorama ya es inimaginable sin elementos de izquierda y derecha. Por eso el conservador Donald Tusk pudo aplicar políticas keynesianas en Polonia para paliar dicha crisis; por eso Andrés Manuel López Obrador ejerce un neoliberalismo brutal pero puede disfrazarlo de “izquierda” (y habrá quien le crea); por eso el Partido Comunista de la Federación Rusa celebra la resurrección de Jesucristo. Es una tercera vía nueva, rara, tirándole a cuarta vía, que todavía no logra definirse, pero que está sobre los cimientos de un mundo, sin duda, “derechizado”.


PZ: El régimen mixto o el capitalismo con “inclusión social” fueron la manera en que se presentó la adaptación de la reproducción de la fuerza de trabajo en esas condiciones históricas concretas. Eso que algunos autores identifican como la polarización del mercado de trabajo. Con la transición de la tercera vía asistimos a la necesidad de adaptar al Estado a una diversificación del proceso de trabajo social y a una división del obrero colectivo en estratos con diferentes vías de reproducción de sus condiciones. Todo ello es también fundamento material de la política del reconocimiento de la que ya hablamos.


¿Se puede afirmar que las ideologías han prevalecido?


PZ: Por definición ahora todo es ideológico. Si aceptamos la acepción de Karl Marx, podemos decir que nunca hubo tantas ideologías como en la actualidad. En el mundo de la izquierda la noción misma del mundo nunca se encontró tan sujeta a la constante subdivisión. Creo que estamos inmersos en el mundo de las ideologías, así, bien en plural. Es lo que muchos han llamado el posmodernismo. Pero como todo absoluto engendra su opuesto, nos encontramos con tantas esquirlas de ideologías que parece no haber realmente ninguna, pareciera que vivimos en un mundo postideológico.


RM: Las ideologías prevalecen en los necios. Esto es algo nuevo, que no se ve por dónde vaya a cuajar. No puedo evocar ningún gobierno o ningún partido en el mundo que se guíe estrictamente por su ideología, si es que la tiene. Hay lugares comunes todavía que hacen típica a una “derecha”, a una “izquierda”, pero eso ocurre porque estamos acostumbrados a ese léxico. Otra vez: hay que ver lo que hay, no lo que nos enseñaron a ver, ni lo que nos gustaría ver. El error es, también, usar términos anacrónicos: “fascista” o “comunista” por tratar de sintetizar, sin entender que esas ideologías son ya muy marginales. “Populismo” tampoco ayuda. Hay que crear adjetivos nuevos desde la ciencia política que observa, no desde la que se volvió todóloga con estadísticas y abstracciones.



Parece que la sentencia de Margaret Thatcher: “no hay alternativa”, no pierde vigencia, por lo menos en el plano narrativo y cultural. Si esta frase ha construido una percepción homogénea de la política, economía y sociedad, ¿qué deberíamos empezar a problematizar, cuestionar sobre esta idea?


RM: La frase se refiere a que no hay alternativa al libre mercado extremo, sin lugar a debatir. El tema es que sí hay alternativas, que deben debatirse. Es parte de la misma arrogancia que tiene al mundo donde está, en un momento de desigualdades brutales. Es una frase que critica un dogma, pero que no advierte que en sí misma representa otro dogma, cerrado, arrogante, y con todos los problemas que una visión cerrada, ideológica (la neoliberal) y dogmática puede acarrear: la crítica a la mínima desviación. Por fortuna parece que desde 2008 nos estamos dando cuenta de que eso se acabó, de que era otra utopía. Nuevamente, Rusia es el mejor ejemplo de ello, pero hay cientos, aunque los defensores a ultranza siguen allí. Es contra ellos que deben plantearse alternativas coherentes, pragmáticas. Y ya se ha hecho. Una buena introducción al tema es la Historia mínima del neoliberalismo de Fernando Escalante.


PZ: Creo que lo problemático de esa idea de Thatcher es que en la política de izquierda parece actuar como si no fuese cierta. Si uno se fija justamente en ese plano narrativo parece haber vencido la idea de “un mundo donde quepan muchos mundos”, con la que seguramente allí en México están más que familiarizados. Lo que se ofrece hoy como lucha contra el sistema capitalista es una creciente oferta de estructuras contra las cuales rebelarse. Estructuras que serían parte del capitalismo y cuya destrucción llevaría a la superación del capital como relación social. Lo que domina hoy el sentido común es la transversalidad de opresiones, es la saturación del mercado de opresiones. Creo que en la práctica se actúa como si las luchas alternativas contra el capital fueran infinitas. Y, lamentablemente, considero que esa saturación opera a favor de la realidad de la frase de la “Dama de Hierro”, antes que contra ella. Mientras más luchamos contra la frase de Thatcher, más la hacemos realidad. Si nos tomáramos más en serio esa realidad tal vez nos ayudaría a pensar de forma más radical y menos autocomplaciente el pantano en el que nos encontramos.


¿De qué forma la transición del Homo politicus al Homo economicus, característica del periodo neoliberal, ha diluido y debilitado la democracia?


PZ: Considero que la democracia, en tanto forma de gobierno que necesita partir de la existencia de individuos privados indiferentes entre sí, alcanza su apogeo bajo el capitalismo con el Homo economicus. Al sistema democrático siempre se le hizo más que difícil operar a partir de las corporaciones de la llamada “sociedad civil”. Allá ustedes tuvieron la experiencia con Lázaro Cárdenas. En este sentido, la atomización social se presenta como el mejor escenario para el desarrollo de las democracias liberales. Si, en cambio, cambiamos el sentido de la palabra democracia hacia la aspiración de participación de la mayoría en los asuntos del gobierno, el problema se nos vuelve a presentar, ya que debemos preguntarnos en calidad de qué interviene la mayoría. Si lo hacen en tanto individuos atomizados vamos a terminar en la democracia partidaria liberal, y si lo hace encuadrada en colectivos tenemos la vuelta de la democracia como coordinación de corporaciones. Considero que la política actual de estatización de las identidades, que resulta tan eficiente, es en cierta medida la adaptación de la práctica de la democracia a las condiciones actuales de un corporativismo social identitario de baja intensidad.

RM: Probablemente por vía de una escasa participación electoral. Se ha fomentado la apatía. Ya no hay entusiasmo cuando “todos son lo mismo” en elegir una opción representativa. En las elecciones parlamentarias de 2020 en Venezuela y en Rumanía hubo la misma participación (30 %). No es difícil adivinar a cuál de las dos criticó la Unión Europea por su baja participación. El fenómeno es mundial, pero importa dónde ponen los acentos los que sí cuentan. Hay nostalgia de aquel tiempo en que ese Homo politicus sentía que contaba, que participaba, que era parte de, y de ahí surge la fuerza de los mal llamados “populismos” en los últimos años, que en realidad siempre estuvieron ahí, pero se pusieron de moda por eso. Ganan elecciones porque son capaces de diferenciarse del resto con éxito.



¿Cómo podemos restablecer o actualizar el debate sobre ideologías más allá de los lugares comunes y simplificaciones, y cómo podemos aprovechar esa discusión para repensar el futuro?

RM: Quizás entendiendo que las ideologías ya no existen. Que, en el mundo actual, sumido en una crisis tan profunda en todo orden, se requiere más pragmatismo que ideología. Que se requiere observar, preguntar, entender lógicas locales, comprender particularidades y dejar las todologías que barren parejo. Eso, o de plano volver a la estabilidad de un mundo regulado por bloques ideológicos, pero en serio, para articular a partir de allí lo que venga y dar sentido a aquello que lo ha perdido. No veo que, en este contexto, ni en las nuevas generaciones, haya siquiera la capacidad de moverse hacia alguna de esas dos variantes.


PZ: Creo que la mejor manera de reactualizar el debate sobre las ideologías es retomar una de las primeras acciones intelectuales de Marx: empezar por una crítica de las ideologías. Tomarnos el tiempo de ir a la raíz de las formas de consciencia que se nos presentan como radicales y aplicarles un rasero mil veces más duro que el que le aplicamos a nuestros adversarios políticos. Uno nunca debe olvidar que no hay peor esclavo que aquel que se siente libre, de la misma manera no hay peor ideología que aquella incapaz de criticar las premisas materiales que, en primer lugar, engendran una manera ideológica de pensar.