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El lenguaje incluyente como herramienta política contra la discriminación



Por Nohemí Vilchis Treviño





El lenguaje sirve como un reflejo de una cultura determinada, lo que implica que estará cargado de experiencias, sentimientos, situaciones y mensajes que se construyen dentro de la sociedad en un momento específico. También plantea las asimetrías y brechas entre distintos grupos, ya que las expresiones están compuestas por prejuicios y valores compartidos conforme se percibe la realidad.


Una de las formas más sutiles de transmitir y ejercer la discriminación es el lenguaje: puede estar normalizado en él actos excluyentes que se encargan de invisibilizar o estigmatizar el rol e identidad de grupos que componen la sociedad debido a que revelan ideas antiguas en el subconsciente de esta.


En un esfuerzo por incluir y crear conciencia de estos usos, distintas personas como las pertenecientes a colectivos feministas o de diversidad sexual y sus aliados, han tomado posturas que conducen a un mismo objetivo: modificar la manera en que se expresan para eliminar patrones que degradan y legitiman la reproducción de mensajes discriminatorios.


El lenguaje incluyente (LI)* tiene la intención de integrar; sin embargo, se ha visto expuesto a mucha controversia: su propia definición está sometida a debate, así como su adaptación a las formas de expresión cotidiana.


¿SOMOS LO QUE HABLAMOS?




Violeta Vázquez-Rojas Maldonado, doctora en lingüística y profesora e investigadora del Colegio de México, define el LI como una pauta de comunicación, no tanto una regla gramatical, sino una guía para usar el lenguaje de manera en que los grupos o sectores que usualmente son marginados se vean incluidos.


Por su parte, Yadira Hidalgo González, directora del Instituto Municipal de las Mujeres de Xalapa, lo establece como tomar herramientas del español para lograr visibilizar a las personas, grupos sociales o acontecimientos que por diferentes contextos históricos han sido excluidos.


Asimismo, existen quienes ven la popularidad de este recurso reflejada en un lenguaje no sexista.


“Entiendo que el propósito es hacer más visible la situación real de las mujeres en las sociedades actuales. Este llamado ‘lenguaje inclusivo’ nace como la respuesta a la necesidad muy importante en la población que en un momento determinado puede no sentirse representada en los usos lingüísticos generalizados”, explica Javier Lascuráin Sánchez, coordinador general de la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA).


Hidalgo González manifiesta que a la humanidad la define el lenguaje, al ser espejo de cultura. Si las mujeres no están representadas en él, entonces no juegan un papel preponderante como negociadoras de su destino u ocupan un lugar dentro de cierto grupo. Sencillamente no existen.


Por ello, Lascuráin señala que más que un recurso lingüístico es una declaración política, ya que surge como una manera de reivindicación para poner sobre la mesa distintas problemáticas.




“El uso del LI es una postura política, a veces con más intención que otras, pero definitivamente te habla de las convicciones políticas de quien lo está usando. Depende de cada quien y de la situación comunicativa específica en la que está”, afirma Vázquez-Rojas Maldonado.


Hidalgo González menciona que algunas personas tienen miedo de asumir posiciones políticas. Por esto, se muestran renuentes al hecho de adoptar esta práctica, lo que genera la duda sobre si ¿podría la realidad influir en el modo de comunicarse o sucede a la inversa?


“Es claro que cuando la sociedad cambia, lo hace la lengua, a mayor o menor velocidad pero los cambios sociales impactan. La otra, que cambiando al lenguaje lo haga la realidad, creo que eso no es tan fácil, pero sí puede ayudar sin duda”, resuelve Lascuráin Sánchez.


No obstante, la doctora determina que la lengua y la realidad ocurren en paralelo: no porque se tenga consciencia de ciertas acciones que están naturalizadas los cambios se ven inmediatamente reflejados en el lenguaje, pero tampoco la forma de hablar cambiará a la sociedad y su realidad de inmediato.


“Es una medida para revertir el reflejo de la exclusión social al menos en el lenguaje, porque, si la sociedad va cambiando en ese sentido y si entendemos el imperativo moral de que la sociedad vaya cambiando y se vaya volviendo cada vez más incluyente, pues entonces el LI es el reflejo de esa práctica o de ese estándar en la manera como hablamos”, añade.


Por tanto, quienes hablen español y dominen el idioma son los que al hacer conciencia de lo que está implicado en su manera de hablar, harán actualizaciones con los recursos que conozcan y se sientan más cómodos, dependiendo de con quién estén o dónde.


CADA QUIEN...


Existe más de un modo de adaptar el lenguaje incluyente a la forma de expresarse y esta depende meramente del emisor del mensaje, según el público al que quiera dirigirse y con base en la plataforma en donde desee transmitirlo. De la misma manera, un factor que influye es lo que la persona entienda por LI.


Algunos consideran que es necesario utilizar recursos como el desdoblamiento para hacer mención a los dos sexos heteronormativos como usar “niños y niñas”, mientras que hay quienes prefieren agregar la palabra “persona”, así en lugar de decir “trabajadores” se incluye con el término “personas trabajadoras”.


Estas decisiones nacen principalmente de la noción sobre cómo entiende cada quien el masculino, existen quienes consideran que el español castellano ya es un lenguaje incluyente pues el masculino genérico encierra todas las posibilidades.


Valeria Molinari Cascarano, profesora y especialista en lenguaje dentro del arte textil, advierte que el neutro en el castellano no existe, porque si es masculino, no es neutro.

“Parece que lo que es privilegiado es neutro y lo que el lenguaje incluyente hace es precisamente desmantelar esa ilusión, hacer explícita la contribución de los que están supuestamente incluídos de manera implícita”, agrega la investigadora del Colegio de México.


Por otra parte, el representante de la Fundéu BBVA especifica que en la medida en que se avance, en el caso de marchas o protestas, se puede feminizar conforme a las lenguas del español, pero la fundación tampoco considera acertado acusar a quien no lo use de ser machista.


“Es una cuestión de estilos, hay gente a la que le gusta el desdoblamiento, hay a quienes le parece muy costoso, hay gente que le gusta más sustituir el morfema de género y prefiere poner uno que no tenga ninguno, hay a quienes les gusta usar la sustitución léxica, es decir, recursos hay y los hablantes somos creativos”, pre-

cisa Vázquez-Rojas Maldonado.





LA REPRESENTACIÓN IMPORTA


En ocasiones se limita al lenguaje incluyente como uno no sexista, pero el femenino y masculino sigue reduciéndose a sólo dos partes. Distintas causas feministas y de diversidad sexual han incorporado a su lucha morfemas como la “e”, “x” o “@”, cuyo uso marca una pauta con la finalidad de denunciar cierta problemática social.





Molinari Cascarano identifica que el LI es el momento en el que se pueden describir a todas las personas de un espacio y nadie se siente excluido, por ello considera que la “e” y “x” son recursos que pueden ser neutros, mientras el “@” es binario.


“La gente está empezando a incluir la ‘e’ y la ‘x’ en las mismas protestas, en las pancartas, a nosotros no nos cuesta nada abrir las puertas para que todo el mundo se sienta incluido y cómodo en un espacio donde la gente a tu alrededor te respeta”, explica.


Sin embargo, no es lo mismo utilizarlo como recurso gráfico sobre una cartulina o escribirlo en una publicación en redes sociales a usarlo de forma oral.


“Yo siento que la ‘x’ es la más complicada, yo utilizo ‘e’ cuando estoy hablando, aparte de que visualmente me parece mucho más interesante. Por ejemplo estoy diciendo ‘lxs’ hay una ‘o’, no es ‘ele equis ese’ como pronuncias, en el castellano tiene que haber una vocal, entonces, si yo digo ‘les’ automáticamente entiendes”, argumenta la profesora.


Hidalgo González describe que no adoptaría el uso de la “x” o el “@” en el trabajo ya que gramaticalmente no tiene sonido, ni tampoco en un comunicado oficial de alguna empresa o instancia pública, a pesar de que sí lo haría en una conversación informal con quien sabe que puede referirse de tal o cual manera.


“En un cartel oficial, no, porque es ilegible. Aunque ya sabes que tiene la simbología política de unificar, soy de la idea de que eso también nos invisibiliza porque no estás diciendo nada. Si tienes las palabras ‘niños’ y ‘niñas’ pues dilas, hay que dejar de tenerle miedo a la economía del lenguaje”, recomienda.


Lascuráin Sánchez observa el uso de la “e” como una llamada de atención que aparece en un póster y una reivindicación que puede entenderse fuera de lo estandarizado.

Aunque el español normativo no incluye este morfema, admite que el fenómeno no deja de ser interesante.


Cabe resaltar que el lenguaje incluyente no se limita a la identidad u orientación sexual, pues también implica la integración de grupos como personas indígenas, personas con discapacidad, personas afrodescendientes, entre otros.


“Cuando estamos hablando de otro tipo de inclusión que no tiene que ver con pronombres, tenemos que utilizar la terminología que a los grupos o a las personas a las que nos estamos refiriendo prefieran, que estén cómodos ellos, ellas o elles”, añade la especialista en lenguaje dentro del arte textil.


Lo anterior abre un diálogo y sirve para la discusión y difusión de información sobre temas que permanecen como tabú. Además, funciona para establecer un respeto con quien se habla, que va más allá de las palabras reconocidas como correctas por el diccionario y se trata de preguntar la manera adecuada o de preferencia para referirnos a alguien, ya que como menciona Lascuráin Sánchez el respeto y la búsqueda de la conformidad del otro, es fundamental.


“Entonces vamos a encontrar la manera de hacer explícita la presencia o la referencia a esos grupos que, por lo general, han sido obviados. No es cuestión de sancionar o de recriminar el uso de ciertas cosas, sino más bien de llamar conciencia sobre algo”, opina la lingüista.


Aunque el lenguaje incluyente se encuentra aún en una etapa temporal, la construcción de estos cambios vendrá con la reflexión sobre las palabras que se emplean para referirse a los demás, tomando en cuenta el estilo que la otra persona prefiera.


“Cuando las generaciones dentro 200 años empiecen a encontrar todos nuestros escritos, incluso los informales, y vean cómo hubo un cambio al usar unas ‘x’ van a reconstruir una historia y ver que era gente que estaba tomando conciencia acerca de estos problemas”, identifica Vázquez-Rojas Maldonado.


Antes de incorporar el LI a nuestra forma de expresión, debe reconocerse que tiene una relación con la manera en que se actúa. Mientras exista una concordancia y se entienda que las palabras tienen peso, será válido intentarlo y evolucionar.


*Se optó por usar el término “incluyente” por cuestiones de estilo -pese a que en varios textos escritos por hispanohablantes sea “inclusivo” el más común utilizado- debido a que en México, especialistas consideran esta palabra como más adecuada sin acuñarlo a un calco de la expresión inclusive en inglés, aunque por semántica ambos son correctos.